Atlas veía el campo de batalla desde lo alto de su trono de piedra, elevado por columnas vivientes que temblaban bajo su peso. Su mirada era un fuego oscuro que lo consumía por dentro. Desde allí, contemplaba los movimientos del Khronos, aquel hombre al que había intentado borrar del mundo. Horus no era más que una chispa bajo su sombra, una hormiga que osaba desafiar a un titán. Y, sin embargo, esa hormiga se movía con una precisión que comenzaba a inquietarlo.
—Aplástenlo —gruñó Atlas, su voz