Leighis se puso su mejor atuendo, con su corona y su cetro de Emperatriz. Avanzó por la gran sala con paso firme, el eco de sus tacones resonando como un presagio. Un viento extraño se colaba entre las columnas, llevando consigo el aroma de la guerra. El silencio parecía pesar más que el aire. Las sombras de las estatuas imperiales la seguían mientras subía los escalones del trono, donde la figura de Atlas solía reinar con autoridad absoluta.
Leighis se detuvo frente al trono del emperador esta