Leighis había pasado ese pequeño tiempo meditando, sumida en una soledad tan profunda que hasta el aire del palacio parecía temer perturbarla. El silencio era tan espeso que podía escucharse el leve crujir de las antorchas al consumirse. La lluvia afuera caía sin tregua, y los truenos hacían vibrar los cristales de las ventanas. Desde su torre alta, podía ver los jardines empapados, el reflejo del cielo gris sobre los estanques, y los soldados que custodiaban la muralla, empapados, exhaustos, c