El aire de la gran pradera estaba inmóvil; una calma anómala cubría todo el valle como un presagio. El sol, en lo alto, bañaba el campo con una luz que no traía consuelo, sino tensión. Las aves habían enmudecido, y el murmullo del viento se perdió ante la magnitud de los dos ejércitos que se extendían frente a frente. En los ojos de miles de hombres, el miedo y la fe convivían con la misma intensidad.
Leighis había quedado exhausta. El uso desmedido de su magia para transportar a todo el ejérci