El aire en la recámara era denso, cargado con el ozono de la magia liberada y el calor de dos cuerpos destinados a chocar. El beso que inició Hespéride no fue una súplica, sino una conquista. Sus labios sobre los de Horus eran una reclamación, un sello de posesión tallado por siglos de soledad y una necesidad que finalmente hervía sin control.
Horus, por un instante, fue solo hielo y sorpresa. Pero la gelidez en su núcleo se quebró ante el fuego violeta de ella. Sus propias manos, que habían pe