La penumbra vibraba con la respiración entrecortada de dos seres forjados en extremos opuestos del poder. Horus, una silueta pálida y esculpida, se cernía sobre Hespéride, cuyo cuerpo era un mapa de constelaciones violáceas sobre la blancura de las sábanas. Sus ojos plateados, fríos como lagos invernales, no se despegaban de los de ella, pozos de amatista líquida que reflejaban una tormenta interior.
Con un movimiento que era a la vez posesivo y reverente, Horus guio sus caderas. No hubo vacila