Horus detuvo el tiempo justo en el momento en que los labios de Leighis estaban por tocar los suyos. Todo quedó suspendido en una quietud perfecta. Las gotas de lluvia que caían entre ambos flotaron inmóviles, cada una convertida en una esfera cristalina que brillaba con la luz del relámpago detenido en el cielo. El viento dejó de aullar y los árboles dejaron de balancearse; el rugido de los truenos se congeló en un eco inexistente. La respiración de Leighis se congeló a milímetros de su boca.