La noche en Atira estaba cubierta de un cielo pesado, surcado por nubes oscuras que parecían presagiar tormenta. Sin embargo, dentro del palacio imperial, las antorchas y lámparas de aceite ardían con una intensidad distinta: el alumbramiento de la emperatriz había comenzado.
Leighis Noor, la elfa dorada, gemía entre las sedas de su lecho. Las parteras imperiales, expertas en los partos de linajes antiguos, la asistían con manos firmes. Los cánticos de las doncellas llenaban el ambiente con not