Horus escuchó la noticia en silencio. La voz de la mensajera temblaba al repetirlo: la emperatriz Leighis Noor esperaba hijos del emperador Atlas Grant.
En otro tiempo, esa revelación habría sido una daga en su corazón. El joven que alguna vez fue, ese príncipe exiliado, se habría hundido en la rabia, maldiciendo a los dioses y a los espíritus que lo habían condenado a perderlo todo. En el pasado, la envidia lo habría consumido, preguntándose por qué la elfa dorada, la prometida que había amado