Hespéride había pasado tantas noches conteniendo el rugido interior de sus guardianes, como si las bestias que eran parte de ella fuesen llamas encerradas bajo la piel. Había sellado en tatuajes aquellas criaturas que alguna vez le habían salvado la vida; marcas oscuras que cubrían sus brazos, su espalda y sus costados, cada una brillando tenuemente cuando el peligro la acechaba. Sin embargo, ahora, por primera vez desde la caída de las cadenas de Atlas, sintió que podía liberarlas sin miedo.
E