Atlas no esperó. Apenas recibió el informe del fracaso de sus asesinos, mandó a preparar las catapultas. Su voz resonó en el campamento imperial como un trueno que no admitía réplica. Los ingenieros gigantes, cubiertos de tierra y metal, corrieron a sus puestos. Las máquinas se alinearon sobre la colina, su silueta se recortaba contra el firmamento cubierto de estrellas. Las ruedas de piedra crujieron al girar, los brazos tensos se elevaron, y la orden se propagó con la rapidez de un relámpago.