—Erick, por favor, pasa a revisar a Jorge —el doctor Erick Finn ingresó a la habitación después de Leonid—. Jorge, es bueno verte —dijo Leonid exhalando el aire que retuvo unos momentos en sus pulmones; estiró la mano y su suegro la tomó dándole un apretón—. He traído al doctor Finn para que nos dé una segunda opinión, ¿te parece eso?
El hombre sonrió agradecido, cariñosamente como siempre, y aceptó la consulta.
—Gracias, Leonid. Eres siempre… bienvenido a esta… casa —el saludo de Jorge le arrugó el pecho a Leonid.
Se arrepintió de haberlo tratado del modo en que lo hizo, sin permitirse conocerlo un poco mejor. Jorge Montenegro no lo había tratado nunca como si fuese un dios ni como una figura a la que debía respetar por obligación; lo hizo siempre como si fuera un amigo o como el tío que nunca conoció.
—Finn, adelante —le indicó al médico, y este fue hacia donde se encontraba el hombre sacando de un maletín algunas cosas para ejecutar la consulta—. Elena, ¿me acompañas por favor?
Ell