Valeria bajó de la furgoneta al llegar a la hacienda en la que residía. George abrió la puerta para que Liam bajara y ella fue directamente a él para abrazarlo, contagiarse de su alegría, recobrar las fuerzas que necesitaba y ese calor que le pareció una maravillosa sensación al tenerlo apretado contra su pecho.
—Mamá —el niño rió a carcajadas mientras ella lo apretaba—. ¡Ota vez! —pidió, y ella lo hizo de nuevo para que le regalara mil risas que la llenaban por completo.
—Luego tendremos mucho