El edificio de VolkovCorp se alzaba sobre Manhattan, pero a las seis de la tarde ya todo estaba en silencio. Las luces de las oficinas empezaban a apagarse solas, dejando los pasillos casi a oscuras. Anya Myers caminaba por la alfombra del piso ejecutivo con paso rápido y decidido; el sonido de sus tacones retumbaba en todo el lugar vacío como si fueran disparos.
Dos de sus hombres, tipos de mirada turbia y manos pesadas, se encontraban apostados cerca de los ascensores, vigilando que nadie inte