En la casa de Lilian, el silencio se instaló de nuevo, pero ya no era un silencio tenso, sino una tregua necesaria. Leonid respiraba con dificultad, con el pecho aún agitado por los sollozos que lo habían ahogado minutos antes. Lilian continuaba arrullándolo, acariciando su cabello con una calma maternal, pero en sus ojos ya se leía una despedida. Ella ya había tomado una decisión, una que le partía el corazón pero que le devolvía la paz.
Leonid se sentía demasiado cómodo en ese abrazo, pero sa