El rostro de Anya perdió el color al escuchar las palabras de aquel hombre. No podía moverse del sitio, parecía que estaba sembrada ahí; eran las diez de la mañana y desde la madrugada su vida se había vuelto un infierno, comenzando con la maldita llamada de Rosella. Tomó una respiración furiosa para calmarse porque de otro modo buscaría la pistola y mataría a este otro hombre, una acción que no le convenía ya que estaba bastante hundida con la muerte de su novio para también lidiar con una acu