El Grand Ballroom del club no era simplemente un salón de fiestas; era una catedral erigida al exceso y al triunfo. Las paredes, recubiertas de pan de oro, devolvían el destello de mil cristales que colgaban de las lámparas de araña, creando una atmósfera donde la riqueza se sentía casi sólida, pesada en los pulmones. El aire no solo transportaba el murmullo de la elite de Manhattan; estaba saturado con el aroma de ViolettBeautifull. Era una fragancia compleja: notas de salida de violetas silve