Anya observó con un horror paralizante cómo Jake se desplomaba. El sonido del disparo aún rebotaba en las paredes del lujoso apartamento, un eco sordo que parecía haber succionado todo el oxígeno de la habitación. Jake cayó al piso con una bala alojada en el centro del pecho, sus ojos abiertos de par en par, fijos en un punto inexistente del techo.
—¡No! —el grito de Anya fue desgarrador, una nota aguda que se quebró en su garganta.
Se lanzó hacia él, cayendo de rodillas sobre la alfombra. Sus