Anya se mordía las uñas de las manos con una ansiedad que le carcomía por dentro. Sentada en el asiento del conductor de su auto, el motor encendido era el único sonido que llenaba el espacio, aparte de su respiración entrecortada. Necesitaba un plan y no lo encontraba. Cada ruta de escape que trazaba en su mente terminaba en un callejón sin salida, excepto una, la más peligrosa de todas: llamar a Leonid Volkov.
Mientras conducía hacia el club, sus ojos no se despegaban del retrovisor. Un sedán