Anya se mordía las uñas de las manos con una ansiedad que le carcomía por dentro. Sentada en el asiento del conductor de su auto, el motor encendido era el único sonido que llenaba el espacio, aparte de su respiración entrecortada. Necesitaba un plan y no lo encontraba. Cada ruta de escape que trazaba en su mente terminaba en un callejón sin salida, excepto una, la más peligrosa de todas: llamar a Leonid Volkov.
Mientras conducía hacia el club, sus ojos no se despegaban del retrovisor. Un sedán negro, de cristales opacos y presencia amenazante, la escoltaba a una distancia prudencial, pero constante. Eran los hombres de Peterson. No eran simples matones; eran recordatorios andantes de que su libertad tenía un precio y que el tiempo se estaba agotando. Necesitaba salir de aquel lío cuanto antes, antes de que la sombra de Jake —o lo que quedaba de ella— terminara por asfixiarla.
Cuando llegó al frente del spa que servía de fachada para sus negocios más lucrativos, bajó del auto con las