La luz de la luna bañó el balcón donde Anya se mantuvo erigida como una reina mirando con una sonrisa amarga en los labios las fotos que Audrey Miller le estaba enviando desde la cámara digital hacia su teléfono. Observó los brazos de Leónid ajustando la cintura de Lilian hacia su costado, sonriéndole a las cámaras como si fuera el dueño del mundo, y del otro lado a Antoine Kirill, su mano derecha, al que ella había sacado del juego por un momento y que, por alguna razón, estuvo segura de que s