La puerta de la habitación asignada a los padres de Leónid se cerró con un estruendo el cual hizo prácticamente temblar los cimientos de La mansión. Dentro de ella el aire estaba viciado por el aroma a perfume caro de Irina y la tensión eléctrica de una tormenta que llevaba décadas gestándose. Ella se giró hacia Alexandr con el rostro desfigurado por una furia sin límites. Las lágrimas no de duelo sino de impotencia habían desaparecido y se había reemplazado por una mirada de odio hacia el homb