La puerta de la habitación asignada a los padres de Leónid se cerró con un estruendo el cual hizo prácticamente temblar los cimientos de La mansión. Dentro de ella el aire estaba viciado por el aroma a perfume caro de Irina y la tensión eléctrica de una tormenta que llevaba décadas gestándose. Ella se giró hacia Alexandr con el rostro desfigurado por una furia sin límites. Las lágrimas no de duelo sino de impotencia habían desaparecido y se había reemplazado por una mirada de odio hacia el hombre que la engañó por años.
—¿Cómo te atreviste? —la voz de Irina era un silbido ponzoñoso—. ¿Cómo pudiste ser tan incompetente, Alexandr? Destruiste el patrimonio Volkov. ¡Nuestra historia! Me dejaste en ridículo frente a esa... esa gente. No entiendo cómo hiciste para dañar de esa manera el legado de nuestra familia. ¡Eres un inútil!
Alexandr, que durante años había sido la sombra silenciosa detrás de la brillantez social de su esposa, no bajó la mirada esta vez. Se quitó la camisa impoluta y l