La mesa continuaba en silencio Ya a este punto los humores habían cambiado casi igual como hacia erupción un volcán, y aún no eran las diez de la mañana. Si Leónid era así de duro y cruel con sus padres que quedaría para los demás. Los que ni siquiera eran familia. Una semana en la mansión Volkov parecía más una tortura que unas pequeñas vacaciones de verano.
Valeria lo miraba como si quisiera salir corriendo de la casa. Liberarse de todo el drama que conllevaba estar casado con un hombre del calibre de Leónid, pero él no la dejaría ir. No la liberaría de su encierro porque entonces si que el hombre duro e inflexible… se quebraría.
—¿Sucede algo, esposa? —preguntó Leonid con un descaro que rozaba lo inhumano al notar su mirada fija.
—Eres demasiado cruel con ella, Leonid —le reclamó Valeria en un tono bajo pero cargado de una molestia genuina—. Hay formas de decir las cosas. La has destruido delante de todos y a tu padre… él es bueno.
—Es mi madre, Valeria —respondió él, volviendo a s