El ambiente dentro del restaurante continuaba siendo dolorosamente. La cena de reconciliación familiar, que debía ser un cierre pomposo, se había transformado en un campo de batalla silencioso donde las miradas cortaban más que los cuchillos de plata sobre la mesa.
Irina Volkov permanecía sentada con la espalda tan recta que parecía a punto de quebrarse. Sus ojos, fríos que parecían juzgar a todos por el solo hecho de estar presentes, recorrían la estancia con un desprecio mal disimulado. Para ella, los camareros eran muebles y los Montenegro, poco más que una nota a pie de página en su prestigiosa genealogía. Se ajustó los guantes de seda, evitando tocar la superficie de la mesa como si temiera contaminarse con una humanidad que consideraba inferior.
Leónid, que conocía cada uno de los tics de superioridad de su madre, acompañó a Valeria hasta su sitio y le miró con toda la odiosidad que era capaz.
—Es fascinante, madre —comenzó Leónid, su voz era un murmullo aterciopelado que oculta