El ambiente dentro del restaurante continuaba siendo dolorosamente. La cena de reconciliación familiar, que debía ser un cierre pomposo, se había transformado en un campo de batalla silencioso donde las miradas cortaban más que los cuchillos de plata sobre la mesa.
Irina Volkov permanecía sentada con la espalda tan recta que parecía a punto de quebrarse. Sus ojos, fríos que parecían juzgar a todos por el solo hecho de estar presentes, recorrían la estancia con un desprecio mal disimulado. Para