Valeria no pudo evitar que una oleada de sorpresa la recorriera ante las palabras de Leónid. Una especie de mareo, sutil pero invasivo, se apoderó de ella al observar la determinación en el rostro de su esposo. Incluso notó una leve sonrisa, una de esas muecas propias de su personalidad intransigente y posesiva, asomando en sus labios. En ese instante, Valeria lo comprendió todo: Leónid no estaba buscando una reunión familiar por amor; lo hacía por venganza. Quería torturar a Irina, castigarla por cada desplante de la noche y, por cada cicatriz que ella le dejó en el alma durante su infancia.
Mientras tanto, en el exterior del hotel, la otra limusina esperaba pacientemente. Mike Lauren, el chofer de confianza, permanecía al volante observando el panorama con profesionalidad. Esperaba a que los señores Volkov abordaran, pero el espectáculo que se desarrollaba en la acera era digno de una portada de revista aunque disimulaban perfectamente.
Irina se negaba rotundamente a hacer la volunt