Recuerdo cruel

En ese instante, unos faros potentes iluminaron la escena. Un Rolls-Royce negro se detuvo frente a ellos y el cristal bajó, revelando el rostro impasible de Sebastián Blackwood. Su mirada gélida cayó sobre la mano de Nelson. Ver sus manos sobre Kateryn le provocó un impulso violento de bajar del auto y destrozar al viejo decrépito, pero se obligó a respirar.

—Señor Blackwood... —Nelson la soltó de inmediato y se recompuso con una reverencia—. Solo estábamos... despidiéndonos. Ella es muy persistente… por cierto, me gustaría hablar con usted acerca de un proyecto que tengo en mente.

Sebastián no miró a Nelson. Sus ojos estaban fijos en Kateryn, que respiraba con dificultad.

—Miller —llamó Sebastián. Su secretario bajó del auto—. Llévalo contigo y asegúrate de que te entregue todos los detalles...

Nelson, viendo una oportunidad de oro, se marchó con el secretario sin mirar atrás. Sebastián bajó del coche y se detuvo a centímetros de Kateryn, obligándola a levantar la cabeza.

—Es notable tu desesperación Kateryn —sentenció con una voz letal—. Es una pena que Nelson te haya abandonado aquí en medio de la nada. Piénsalo bien, nadie podrá igualar mi oferta, ponle los ceros que quieras y pasa una noche conmigo.

—Estás demente… —Kateryn lo apartó de un empujón—. No necesito tu dinero.

Sebastián observó cómo ella se alejaba, y por un segundo, la máscara de frialdad se rompió. «Mírame, Kateryn. Mira en lo que me convertí por ti», pensó con amargura. Había pasado cinco años construyendo un imperio solo para poder estar frente a ella y decirle que ya no era el joven pobre al que podía pisotear. Cada cero que le ofrecía era un latigazo de su propio dolor, una forma de escupirle a la cara que el dinero que ella tanto quería, ahora le sobraba a él.

Kateryn se alejó sin mirar atrás y logró subir a un taxi, desplomándose en el asiento trasero mientras el vehículo se alejaba de las luces del salón. Las lágrimas, contenidas durante horas, rodaron por sus mejillas, calientes y amargas.

El movimiento del auto la arrastró inevitablemente al pasado.

Cinco años atrás.

El escenario era muy distinto. No había Rolls-Royce, ni trajes de seda, ni joyas. Recordó a Sebastián con una chaqueta gastada y los ojos encendidos de una desesperación que todavía la perseguía en sueños. Él la sujetaba de los hombros, suplicando una explicación, pero ella no podía dársela.

—¡No me hagas esto, Kateryn! —le había gritado él, con la voz rota—. ¡Dime la verdad! ¡Sé que me amas!

Ella lo miró, sintiendo cómo su propio corazón se convertía en piedra para poder pronunciar las palabras que su padre le había exigido.

Sabía que Sebastián, en aquel entonces, no tenía ni el poder ni los recursos para enfrentarse a los Thorne. Si él se quedaba a su lado, su padre lo destruiría.

—No estás a mi nivel, Sebastián —le espetó ella, con una frialdad fingida que le quemaba la garganta—. La pasé bien contigo pero, seamos realistas, jamás podrás darme una vida digna, una que merezco… El amor no siempre es suficiente.

—¡Mientes! Te conozco y sé que tú no eres así kiki —rugió él, intentando buscar una chispa de duda en sus ojos azules.

—No miento. Solo estoy eligiendo lo que es mejor para mí, no me veo viviendo en la miseria. Vete, Sebastián y no vuelvas a buscarme. No perteneces a mi mundo y ni en sueños pertenecería al tuyo.

Recordó cómo el brillo en los ojos de él se apagó, reemplazado por un vacío oscuro. Había destrozado su orgullo para obligarlo a rendirse y marcharse lejos de las garras de su padre. Había funcionado: él se marchó, pero a cambio, ella lo había matado por dentro.

Fin Flashback

Un bache en el camino la devolvió a la realidad. Kateryn se limpió el rostro con el torso de la mano, sintiendo un dolor punzante en el corazón. La ironía era cruel: cinco años después aquel joven al que le dijo “no estás a mi nivel” por no tener dinero, ahora la humillaba ofreciéndole comprar su cuerpo con una fortuna. Kateryn no sabía que Sebastián había guardado cada una de esas palabras hirientes como carbón para alimentar su ambición. Él no se había hecho rico por codicia, sino por despecho; cada empresa que compraba, cada rival que destruía, era un paso más para alcanzar la altura desde la cual ella lo había mirado con desprecio.

Cuando Kateryn llegó a la vieja mansión Thorne, entró intentando ser invisible, pero la luz del salón se encendió de golpe. Su padre, Arthur Thorne, estaba allí con una botella de whisky y los ojos inyectados en rabia.

—¿Y bien? —¿Cerraste el trato? ¿O fuiste a perder el tiempo como siempre?

—Nelson se fue… No hubo trato. Él…

—¡Eres una inútil! —rugió Arthur, estrellando el vaso contra el suelo de madera. El cristal estalló en mil pedazos cerca de los pies de Kateryn—. ¡La empresa está muerta y el banco vendrá por esta casa en unos meses! ¡Terminarás en la calle por tu maldito orgullo!

—¡Tú nos pusiste en esta situación! —gritó Kateryn, con la voz quebrada por la indignación—. ¡Llevas cinco años tomando malas decisiones, una tras otra!

—¡¿Malas decisiones?! —repitió Arthur, dándose la vuelta con una furia ofendida que le deformaba el rostro—. ¡Que no se te olvide que fuiste tú quien se negó a casarse con nuestro socio! Tú cavaste nuestra tumba aquel día.

—Ese compromiso fue la peor de tus decisiones —logró decir ella—. Y a eso súmale la hipoteca de esta casa, lo único que mamá nos dejó.

Arthur se acercó a ella con un movimiento errático y la tomó por los hombros con violencia.

—Tu madre te dejó esta casa porque era lo único valioso que nos quedaba para negociar. Entiéndelo de una vez: Si no puedes conseguir un nuevo inversionista con tu cerebro, usa tu cuerpo.

Arthur la soltó con desprecio y salió de la habitación de un portazo. Kateryn cayó de rodillas sobre la alfombra, se sentía acorralada entre el pasado que la perseguía y un futuro que exigía su piel como pago.

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