La noche fue un suplicio de sombras, pero nada comparado con el frío glacial que Sebastián había instalado en su pecho.Kateryn arrastró los pasos hasta su habitación, dejándose caer en la cama con la esperanza de que el sueño borrara, aunque fuera por unas horas, el rostro del hombre que amaba y que ahora parecía disfrutar de su agonía. A la mañana siguiente, despertó con el cuerpo pesado, como si el plomo de sus preocupaciones se hubiera materializado en sus músculos. El timbre de su teléfono rompió el trance. Con dedos torpes, buscó el artefacto en el fondo de su bolso. Al ver el nombre en la pantalla, sus ojos se abrieron de par en par: Nelson. —Buenos días, Kateryn —la voz del hombre sonaba extrañamente profesional, despojada de la lascivia que la había asqueado la noche anterior—. He reconsiderado tu propuesta. Me gustaría invertir en tu empresa. ¿Te parece si nos vemos en mi oficina ahora para concretar los detalles? Una ola de alivio, casi eléctrica, la recorrió. Se o
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