Cariño.
Las siguientes horas transcurrieron bajo una presión insoportable. Ella vaciaba los estantes. Él no se movió del sillón de cuero, observando cada uno de sus gestos. El silencio solo era roto por el rasgar de la cinta adhesiva, una tortura lenta que alimentaba la paranoia de Kateryn.
«¿Por qué no se va? ¿Por qué me vigila como si fuera una ladrona?», se preguntaba ella, sintiendo que el aire se volvía cada vez más escaso.
De pronto, la vibración de su teléfono en el bolsillo del pantalón la