Patrocinador a la altura.

La noche fue un suplicio de sombras, pero nada comparado con el frío glacial que Sebastián había instalado en su pecho.

Kateryn arrastró los pasos hasta su habitación, dejándose caer en la cama con la esperanza de que el sueño borrara, aunque fuera por unas horas, el rostro del hombre que amaba y que ahora parecía disfrutar de su agonía.

A la mañana siguiente, despertó con el cuerpo pesado, como si el plomo de sus preocupaciones se hubiera materializado en sus músculos.

El timbre de su teléfono rompió el trance.

Con dedos torpes, buscó el artefacto en el fondo de su bolso. Al ver el nombre en la pantalla, sus ojos se abrieron de par en par: Nelson.

—Buenos días, Kateryn —la voz del hombre sonaba extrañamente profesional, despojada de la lascivia que la había asqueado la noche anterior—. He reconsiderado tu propuesta. Me gustaría invertir en tu empresa. ¿Te parece si nos vemos en mi oficina ahora para concretar los detalles?

Una ola de alivio, casi eléctrica, la recorrió. Se obligó a tragar el nudo de emoción en su garganta antes de responder.

—Claro, allí estaré, señor Nelson —su voz sonó firme.

Saltó de la cama con una energía renovada. Se vistió con un traje elegante negro, para que no diera oportunidad al morbo.

Salió de su "castillo en ruinas" sin cruzar palabra con su padre y condujo el viejo auto familiar hacia las oficinas de Nelson, sintiendo que, por primera vez en años, el destino le daba un respiro.

Al llegar, la escena no podía ser más distinta a la de una de negocios. Nelson la recibió con una formalidad impecable tras su escritorio. No hubo manos largas ni comentarios fuera de lugar; solo papeles.

En cuanto Kateryn tomó asiento, Nelson extendió los papeles hacia ella.

—Es una inversión generosa —dijo él, deslizando el documento hacia ella, los cuales ya lucía el sello oficial de su compañía—. Pero hay una condición innegociable: debes venderme el setenta y cinco por ciento de las acciones de tu empresa.

Kateryn palideció. Perder el control mayoritario era entregar el alma de la compañía de su madre.

—Pero… eso es…

—Es mi última y única oferta —sentenció Nelson, reclinándose en su silla con una sonrisa impenetrable.

Kateryn bajó la mirada al papel, sintiendo que el documento pesaba toneladas. Sabía perfectamente que, sin ese capital, la empresa que su madre fundó con tanto amor se desintegraría en cuestión de días. El banco no tendría piedad y ejecutaría la hipoteca de la mansión antes de que terminara el mes, dejándola a ella y a los recuerdos de su madre en la calle.

Pero había algo más que le oprimía el pecho: su gente. Si la firma quebraba, no tendría ni un centavo para pagar las indemnizaciones de sus empleados, personas que habían trabajado a su lado durante años. Verlos perder sus empleos y quedar desprotegidos por su culpa era una carga que no estaba dispuesta a llevar.

La quiebra no solo sería su ruina personal, sino una tragedia para decenas de familias que confiaban en ella.

Tragó saliva, sintiendo el sabor amargo de la derrota, y con la mano temblorosa estampó su firma. En ese pedazo de papel no solo entregaba sus acciones; entregaba su libertad para salvar el sustento de los suyos.

—Está hecho. Ya puede pasar.

Kateryn quedo desconcertada ante la orden de Nelson. La puerta se abrió y el aire de la habitación pareció ser succionado por una presencia imponente. Sebastián Blackwood entró.

Nelson se levantó, le entregó el contrato y estrechó su mano con un respeto casi servil antes de marcharse sin mirar atrás.

Kateryn sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies al comprender lo que acababa de suceder: Nelson nunca fue el inversor; solo había sido el cebo. El verdadero dueño de su futuro era el hombre que ahora la observaba con un triunfo gélido.

—¿Por qué esa cara, Kateryn? —preguntó Sebastián, hojeando el contrato con una lentitud tortuosa—. Deberías estar celebrando. Finalmente tienes a un "patrocinador" a tu altura.

—Lo que acabas de hacer no tiene nombre —susurró ella, sintiendo que el oxígeno le faltaba—. Ha sido una jugada sucia, Sebastián.

—¿Sucia? —Él soltó una carcajada amarga que cortó el aire como un látigo—. Aprendí de la mejor, Kateryn. Tú me enseñaste que en este mundo el honor no paga las deudas. Solo importa el resultado.

Kateryn se puso en pie de un salto, pero se contuvo y no dijo nada.

Quiso gritar que se convirtió en el monstruo de su vida para que él pudiera ser el rey de la suya.

Pero al ver el odio negro en sus pupilas, la voz se le extinguió, se vio reflejada en sus pupilas y recordó la lluvia, el desprecio fingido.

No tenía derecho a quejarse del verdugo que ella misma había alimentado.

—No hace falta que me recuerdes el pasado —dijo, intentando que su dignidad no se quebrara—. Ya tienes lo que quieres.Tienes mi empresa en tus manos… Espero que estes satisfecho con este golpe bajo.

Se dio la vuelta para huir antes de que las lágrimas la traicionaran, pero Sebastián fue más rápido, su sed por verla romperse era un incendio que no se apagaba con una firma.

La atrapó del brazo con un agarre intenso, quemándole la piel a través de la tela.

Le dolía su indiferencia; le quemaba que ella no le pidiera clemencia o mostrara un rastro de arrepentimiento.

—Te veo mañana a primera hora —sentenció él, su voz vibrando con una posesividad oscura—. Quiero que me muestres cada rincón de mi nueva adquisición.

Kateryn clavó su mirada azul en la tormenta de sus ojos, ocultando su naufragio interno tras una capa de hielo.

—Lo esperaré con gusto, señor Blackwood —respondió ella, usando su apellido como un muro de acero antes de soltarse y marchar sin mirar atrás.

Sebastián la vio desaparecer, esperando sentir la gloria de la venganza.

Pero al ver su figura solitaria perdiéndose en el pasillo, el triunfo supo a cenizas.

No hubo placer, solo un vacío punzante que le oprimía el pecho.

Frustrado, lanzó el contrato sobre el escritorio y llamó a su asistente.

—Miller —dijo, con una voz que prometía tormenta—. Encárgate de Nelson. No tolero que ese tipo haya intentado ponerle las manos encima a lo que ahora es mío. Destrúyelo profesionalmente. Que no vuelva a trabajar en esta industria... nunca.

Sigue leyendo este libro gratis
Escanea el código para descargar la APP
Explora y lee buenas novelas sin costo
Miles de novelas gratis en BueNovela. ¡Descarga y lee en cualquier momento!
Lee libros gratis en la app
Escanea el código para leer en la APP