Mundo ficciónIniciar sesión—Tengo todo el derecho —rugió Sebastián, acortando la distancia hasta que sus alientos se mezclaron—. Porque me destruiste por una ambición que ahora veo que no tienes. Dime, ¿cuánto te paga Nelson? ¿O es que ya te has vuelto una experta en venderte al mejor postor?
¡ZAS! El sonido de la bofetada resonó en el pasillo desierto. La cabeza de Sebastián giró por el impacto, sintió el ardor en su mejilla, pero el fuego en su pecho era mucho más voraz. El silencio que siguió fue sepulcral, solo roto por la respiración agitada de Kateryn. Su mano ardía, pero su pecho le dolía más. Sebastián regresó la vista hacia ella lentamente. Una mancha roja marcaba su mejilla, y sus ojos negros ardían con una furia peligrosa. Ella esperaba que Sebastián rugiera de rabia o incluso que la humillara más. —No vuelvas a insultarme —susurró ella, tragándose las lágrimas. Sorpresivamente, Sebastián no hizo nada de eso. Sus ojos negros, cargados de una tormenta de furia, se suavizaron por un milisegundo que ella creyó imaginar. En lugar de devolver el golpe o apretar sus muñecas, Sebastián extendió una mano. Kateryn cerró los ojos, esperando lo peor, pero solo sintió una calidez inesperada. Con una delicadeza desgarradora, él usó sus dedos para acomodar un mechón rebelde de cabello detrás de su oreja. El toque fue tan ligero, tan devoto, que hizo que Kateryn temblara de pies a cabeza. Era el mismo gesto que él antes de besarla. Él no quería ser delicado, quería estar furioso, pero tenerla tan cerca después de cinco años de desierto emocional lo estaba desarmando. Su dedo rozó la piel de su cuello, apenas un contacto eléctrico—. Después de abandonarme como a un perro... ¿te atreves a golpearme, Kiki? —No vuelvas a llamarme así —logró articular ella, aunque sus piernas flaqueaban. Aquella caricia era una trampa, una forma de recordarle que él todavía conocía cada punto débil de su cuerpo. —¿Imagino que ese viejo decrépito es tu estándar ahora? —Él la recorrió con una mirada cargada de desprecio—. Si tan dispuesta estás a venderte por un cheque... hazlo conmigo. Kateryn se quedó sin aliento. La humillación era absoluta. —¿Qué estás diciendo? Sebastián se inclinó más, rozando su piel. Su mirada bajó a sus labios antes de volver a sus ojos azules; esos que alguna vez fueron su cielo y ahora eran su tormento. —Ponte un precio, Kateryn y yo te daré el dinero que ese idiota nunca podrá igualar. Sé mía una noche y tendrás todo lo que quieras. Sebastián escupió las palabras sintiendo asco de sí mismo. —¿Quién eres? —susurró ella, dejando caer una lágrima. —Soy lo que tú hiciste de mí —su voz cambió amargamente y esa mirada fría ocultaba las noches que vivió en agonía mientras intentaba olvidarla. —Siendo así, renuncio a contemplar mi obra. Kateryn se dio la vuelta y se alejó, dejándolo en el pasillo con el eco de su propuesta. Sebastián se quedó inmóvil, viendo cómo la silueta de Kateryn desaparecía. La mano con la que había acariciado su cabello seguía temblando. «Maldita sea, Kateryn, dime que no», suplicó en silencio. Se sentía un monstruo por haberle puesto precio a la mujer que fue su mundo, pero verla con Nelson lo había vuelto loco. No podía permitir que otro hombre la tuviera, incluso si para evitarlo tenía que convertirse en el hombre que ella más odiara. «Ponle un precio, Kateryn». La frase la golpeaba rítmicamente en la mente de ella. Tenía que recuperar el control antes de que el pánico la devorara. Con el corazón acelerado, Kateryn regresó al salón. Sus ojos buscaron frenéticamente a Nelson; él era su única salida frente a la retorcida oferta de Sebastián. Pero la silla estaba vacía. El inversionista no estaba por ninguna parte. —¿Buscaba al señor Nelson, señorita Thorne? —preguntó un camarero, interrumpiendo su búsqueda. —Sí, ¿sabe dónde está? —logró decir Kateryn, forzando una calma que se desmoronaba. —Salió hace apenas un par de minutos, señorita. El mundo de Kateryn se tambaleó. Nelson se había ido sin firmar nada. La última esperanza para salvar la empresa de su madre se extinguía. Salió del edificio y el aire gélido de la noche la golpeó, pero no trajo alivio. Bajo la luz amarillenta de un farol, divisó la figura de Nelson cerca de su limusina atendiendo una llamada. Sin pensarlo, movida por la desesperación, corrió hacia él. —¡Señor Nelson! —exclamó, interceptándolo—. Por favor, espere. Necesito que terminemos de hablar sobre la inversión. Nelson colgó el teléfono y la recorrió con una mirada lasciva. Al verla allí, con el vestido manchado de vino y los ojos empañados por la angustia, malinterpretó su urgencia. —Vaya, Kateryn... Veo que has cambiado de parecer —dijo con una sonrisa que le erizó la piel—. Me gusta esa actitud. Si tanto te urge el capital, podemos terminar esta negociación en mi suite. Antes de que ella pudiera protestar, Nelson la tomó del brazo con fuerza, tirando de ella hacia su cuerpo. Sus manos palpaban su cintura con una confianza asquerosa. Kateryn forcejeó, sintiendo que el asco le cerraba la garganta. —¡Suélteme! No es eso lo que busco, yo solo… —¡Cállate! —la apretó más fuerte contra el chasis del auto.






