Un silencio sepulcral se apoderó de la oficina durante el resto de la tarde. Tras finalizar la jornada, Kateryn permaneció inmóvil en su escritorio, habitada únicamente por el eco de sus propios pensamientos.
—¿Estás bien? —La voz de Sara, suave y preocupada, la sacó del trance.
Kateryn parpadeó, forzando una máscara de normalidad.
—Sí. Solo... es estrés.
—Ese hombre es un animal, Kiki —susurró Sara, acercándose—. Te mira como si quisiera devorarte o destruirte, y no sé cuál de las dos