El sol griego caía lento sobre los tejados blancos, tiñendo el mar de tonos dorados y rosados. Las olas rompían suaves contra el muelle, y yo las observaba siempre desde la ventana de la taberna, justo antes de comenzar mi turno.
Ese momento —antes de que empezara el bullicio de turistas y música— era el único que realmente sentía mío.
Me llamaban Danae, aunque a veces ese nombre me sonaba ajeno, como si perteneciera a alguien que ya no existía.
Dorian decía que antes del accidente yo era