La lluvia caía como agujas sobre el asfalto.
Dorian encendió un cigarrillo y observó el humo disolverse frente al ventanal del hotel. El reflejo en el cristal le devolvió la imagen de un hombre distinto al que solía ver: las ojeras hundidas, la barba descuidada, el gesto crispado de quien ha perdido demasiado en muy poco tiempo.
No dormía.
No podía.
Desde aquella noche en la isla, su vida se había convertido en una espiral de rabia y vacío.
Danae se había ido. Con Kael.
El solo pensar en ello l