Esra volvió a casa, sola y silenciosa, sabiendo que nadie la esperaría al ingresar.
Su esposo no había ido ni a visitarla, menos la esperaría al llegar.
Quien si la esperaba era Vanea, con una sonrisa y aura de poder, como si ahí ella fuera la dueña, y Esra la empleada leprosa que todos evitaban.
—Que lamentable te ves, querida hermana.
—¡No soy tu hermana! —rugió Esra, con su corazón ardiendo de ira.
Las comisuras de los labios de Vanea se curvaron en una sonrisa.
Esra la miró con desprecio. D