Mundo ficciónIniciar sesiónEl eco de mi advertencia en la oficina de la regencia aún resonaba en mis adentros cuando los pasillos del ala norte me tragaron una vez más. La noche había tomado por completo la estructura de piedra de la mansión real, cubriendo el desierto con un manto de estrellas gélidas que parpadeaban a través de las rendijas de los muros antiguos. Habían pasado pocas horas desde que Amira saliera de mi despacho con la revelación del embarazo de quince días pesando sobre sus hombros, y la necesidad animal de constatar su estado, de respirar el aire que ella habitaba, me había impedido conciliar el sueño en mis propios aposentos.
Crucé el umbral de su habitación sin llamar, repitiendo la misma coreografía de posesividad que se había vuelto mi único ritual de cordura en este infierno político. El cuarto seguía sumergido en la penumbra plateada de la luna llena, un espacio despojado de los lujos excesivos que Layla ostentaba en el ala este. No había alfombras de seda persa, ni braseros de oro, ni el humo empalagoso del incienso de Omán. Solo el olor limpio a mirra y la presencia de la única mujer que gobernaba mi existencia.
Amira estaba recostada en el borde de la cama sencilla, arropada bajo la manta de lana gris áspera. Al escuchar el crujido de la madera de la puerta, se incorporó de golpe, con los ojos oscuros abiertos de par en par, brillando con una hostilidad que la luz lunar acentuaba en sus facciones pálidas. Su cabello oscuro caía en cascada sobre sus hombros, acentuando el contraste con la seda negra de su camisón.
No dije una sola palabra. Me detuve en el centro de la habitación, bajo el rectángulo de luz plateada, y comencé a despojarme de la ropa con movimientos lentos y decididos. Desabroché los cierres dorados de mi túnica exterior, dejándola caer al suelo con un sonido seco, y luego me quité la camisa de lino negro, dejando mi pecho y mis brazos al descubierto ante su mirada. Las cicatrices de las viejas batallas en la frontera se dibujaron bajo la penumbra, un testimonio de mi naturaleza de guerrero.
Al ver mis intenciones, el pánico y la rabia encendieron las facciones de Amira. Se arrastró hacia atrás sobre el colchón con una rapidez defensiva, pegando la espalda contra la fría pared de piedra del ala norte, subiendo las rodillas hacia el pecho para interponer la manta gris como una barrera entre los dos.
—¿Qué estás haciendo, Cem? —su voz salió en un sutil siseo cargado de una indignación pura, temblando por la fuerza de sus emociones—. Te dije en tu oficina que no quería verte aquí. Te dije que me dejaras en paz. ¿Acaso tu palabra de Sultán regente vale tan poco que vienes a reclamar mi cuerpo a las pocas horas de haber firmado tus malditos edictos?
Me deslicé bajo la manta gris sin pedirle permiso, ignorando la distancia de hielo que pretendía imponer. El contacto con las sábanas ásperas me devolvió la realidad de su cercanía. Me acerqué a ella con la parsimonia de un depredador que conoce las debilidades de su presa, atrapándola en el espacio reducido de la cama sencilla.
—Te dije que respetaría la tormenta de tu cuerpo, latina —respondí, mi voz saliendo en un murmullo ronco, espeso, que resonó en la inmensidad del cuarto vacío—. Pero también te dije que mi alma se quedaría custodiando tu puerta. No he venido a forzar tu lecho por obligación del calendario; he venido porque el aire de este palacio me asfixia si no comparto tu respiración.
—¡Eres un mentiroso! —escupió ella, sus manos apoyándose de golpe contra mis hombros desnudos para frenar mi avance. El calor de sus palmas contrastó con la frialdad de mi piel, enviando una descarga eléctrica directo a mis venas—. Vienes aquí a hablar de protección y de santuarios, pero hueles a ella, Cem. Hueles al incienso de sus aposentos, hueles a la seda carmesí de la mujer con la que compartiste la noche anterior. ¡Te odio! Te odio con cada fibra de mi ser por venir a esta habitación a intentar tocarme después de haber estado en la cama de tu otra esposa. Me resulta una asquerosidad insoportable.
El reproche me caló hondo, despertando la ferocidad contenida del Lobo. En lugar de retirarme, acorté el espacio de un solo movimiento, rodeando su cintura con mis brazos grandes y curtidos, aplastando sus manos contra mi pecho mientras obligaba a su cuerpo esbelto a alinearse con el mío bajo la manta.
—Te repetí que no la toqué, Amira —siseé entre dientes, mi rostro quedando a escasos centímetros del suyo, hasta que pude sentir el ritmo acelerado de sus latidos contra mis propias costillas—. Layla durmió al otro lado del colchón con el veneno de mi desprecio. No ha habido otra mujer en mis manos ni en mis labios que no seas tú. Tienes que entender que este cuerpo solo te pertenece a ti, aunque las leyes de mi padre me obliguen a simular una farsa ante la corte.
—¡No te creo! —gritó ella, comenzando a forcejear con una desesperación salvaje, moviendo las caderas y empujando mis antebrazos con las pocas fuerzas que su estado le permitía. Sus cabellos desordenados me rozaron el rostro, aumentando la locura posesiva que me nublaba la vista—. En tus malditas tradiciones esto es lo normal, saltar de una cama a otra, repartir tus noches por cuotas. Pero para mí es una humillación. Cada vez que me tocas, solo puedo pensar en sus manos sobre tu piel, en sus joyas tintineando en el ala este. ¡Suéltame, Cem! ¡Déjame ir!
La discusión se extinguió en el aire cuando capturé sus labios con un beso hambriento, violento en su necesidad y cargado de una ternura desesperada que pretendía borrar todas sus dudas por la fuerza de la entrega. Amira ahogó un gemido de sorpresa contra mi boca, intentando morder mis labios y girar la cabeza hacia los lados para romper el contacto, pero aseguré el agarre en su nuca con mis dedos grandes, obligándola a recibir el fuego de mi lengua.
El beso se prolongó en la penumbra del ala norte, transformándose de una agresión defensiva en una comunión de pura necesidad traidora. Sentí cómo el cuerpo de Amira dejaba de oponer resistencia milímetro a milímetro; sus empujones en mis hombros se aflojaron, y sus dedos terminaron enganchándose en mi cabello con una urgencia que delataba que su carne respondía a mi calor a pesar del odio que su boca profesaba. El aroma a flores silvestres y mirra me inundó los sentidos, borrando el palacio, el consejo y las intrigas de Layla de mi mente.
Bajé los besos por la línea de su mandíbula, delineando el cuello esbelto donde su pulso latía con la violencia de un animal acorralado. Mis manos comenzaron a recorrer la seda negra de su camisón, subiendo por la curva de sus muslos descalzos, apartando la tela con una lentitud reverencial que expuso su piel blanca a la luz plateada de la luna.
—Te odio… Cem… te odio por hacerme esto —murmuró ella entre jadeos, con las lágrimas comenzando a asomar en las comisuras de sus ojos oscuros, su cabeza echada hacia atrás sobre la almohada basta mientras mis labios devoraban la base de su garganta—. No es justo… no es justo que tengas este poder sobre mí en este infierno.
—No es poder, mi Mariposa… es pertenencia —susurré contra su oído, mi respiración quemándole la piel—. Estás grabada en mi sangre, y ni las sábanas de Layla ni las murallas de este palacio van a cambiar el hecho de que fuiste mía en Nueva York y lo seguirás siendo hasta el fin de mis días.
Deslicé mi mano derecha hacia el centro de su anatomía, buscando el nido de su calor entre sus piernas perfectas. Amira soltó un suspiro entrecortado, intentando cerrar los muslos para bloquear mi avance, pero interpuse mi rodilla entre sus piernas con una firmeza impecable, obligándola a abrirse ante la soberbia de mi tacto.
Mis dedos grandes y curtidos encontraron la seda húmeda de su intimidad, una evidencia biológica de que su cuerpo la estaba traicionando, respondiendo a la presencia del Lobo con una lubricación natural que desarmó por completo su discurso de hielo. Delineé los labios externos con suavidad, escuchando cómo su respiración se volvía un gemido ahogado en el silencio del cuarto abandonado.
Lentamente, introduje mis dedos en su coño húmedo y estrecho, sintiendo la presión perfecta de sus paredes internas que me recibieron con una calidez que me dio un vuelco en el pecho. Amira arqueó la espalda sobre el colchón sencillo, aferrándose a mis hombros con una fuerza desesperada, ocultando el rostro en mi cuello mientras el placer comenzaba a disipar las sombras de sus reproches.
—Mírate, Amira —le dije en un susurro cargado de una posesividad oscura, moviendo mis dedos en su interior con un ritmo pausado, profundo, que la hizo estremecerse desde los tobillos hasta la nuca—. Tu cuerpo sabe a quién le pertenece. Tu piel no miente ante el hombre que plantó la semilla en tu vientre. No hay espacio para Layla aquí; solo estamos tú y yo en este trozo de piedra fría.
Ella no respondió con palabras. Un sollozo ahogado escapó de sus labios, mezclado con un gemido de pura rendición erótica mientras se entregaba al movimiento de mi mano en su intimidad. El contraste entre la aspereza de mis dedos de guerrero y la sensibilidad extrema de su carne encinta generó una química transgresora que barrió con los quince días de exilio voluntario. La cabecera de madera de la cama crujió sutilmente contra la pared del ala norte, marcando el ritmo de nuestra reconciliación clandestina bajo la mirada de la luna del desierto.
Incrementé la profundidad del tacto, estirando las paredes de su coño con una delicadeza protectora que cuidaba de no presionar la zona de su vientre, pero asegurando que cada rincón de su anatomía quedara impregnado con mi soberanía. Amira comenzó a moverse en sincronía con mis dedos, perdiendo el control de su orgullo occidental, buscando el clímax con una insistencia hambrienta que me llenó de un orgullo dinástico y salvaje.
—Cem… por favor… —suplicó en un hilo de voz, sus ojos oscuros buscándome en la penumbra, desprovistos de la gélida hostilidad de la tarde, mostrando la pureza del deseo prohibido que nos consumía a ambos.
Sostuve su mirada mientras mis dedos encontraban el punto exacto de su delicia, presionando con una firmeza que la hizo estallar en un espasmo de puro placer. El cuerpo de Amira se tensó por completo bajo la manta gris; sus paredes internas se contrajeron alrededor de mis dedos en una serie de pulsaciones eléctricas que me hicieron rugir de excitación contra su oído. Lloró en silencio, pero esta vez las lágrimas eran el resultado de un desborde sensorial que la dejó completamente exhausta, desplomándose sobre mi pecho con la respiración entrecortada.
Retiré la mano con una lentitud dolorosa, limpiando la humedad de su entrega en las sábanas antes de volver a rodearla con mis brazos. La acomodé en el centro de mi pecho, cubriendo nuestros cuerpos desnudos con la manta de lana gris para protegerla del aire gélido que comenzaba a colarse por la ventana de piedra.
Amira no intentó empujarme esta vez. Se quedó ovillada contra mí, con los dedos enganchados debidamente en el lino de mi pantalón, su cabeza apoyada en el hueco de mi hombro mientras el ritmo de su corazón comenzaba a normalizarse. El silencio regresó al ala norte, pero ya no era el silencio de la guerra o del aislamiento político; era el santuario de las sombras compartidas, el rincón del imperio donde el Lobo velaría el sueño de su Mariposa, sabiendo que el mañana traería nuevas intrigas y que el calendario de la Sharía volvería a reclamar sus tributos, pero con la certeza absoluta de que su piel y su alma seguían siendo mi territorio inexpugnable en la inmensidad del desierto.







