El cansancio absoluto, ese letargo espeso y pesado que solo sobreviene tras el colapso de las tensiones del alma y de la carne, nos había sumergido en un sueño profundo y desprovisto de defensas. Por unas horas, el tiempo se había congelado en el ala norte. El sol de la mañana ya había trepado por el firmamento del Golfo, proyectando largas franjas de luz dorada y polvorienta a través de la ventana de piedra, dibujando en el aire las partículas de vapor que aún escapaban del cuarto de baño.
Yo