cap 40

El cansancio absoluto, ese letargo espeso y pesado que solo sobreviene tras el colapso de las tensiones del alma y de la carne, nos había sumergido en un sueño profundo y desprovisto de defensas. Por unas horas, el tiempo se había congelado en el ala norte. El sol de la mañana ya había trepado por el firmamento del Golfo, proyectando largas franjas de luz dorada y polvorienta a través de la ventana de piedra, dibujando en el aire las partículas de vapor que aún escapaban del cuarto de baño.

Yo no había salido de la habitación. El Sultán regente, el estratega que medía cada minuto con la precisión de un reloj de arena para mantener la cohesión del imperio, había abandonado sus obligaciones en los pasillos de la administración para quedarse allí, anclado al colchón sencillo, con el cuerpo desnudo y protector extendido junto al de Amira. Mi brazo derecho seguía rodeando su cintura por debajo de la manta de lana gris áspera, y mis dedos permanecían entrelazados con los suyos, unificando nuestros calores en un oasis clandestino que desafiaba la realidad del palacio.

El despertar del Lobo no fue pacífico, sino el resultado del instinto asesino que reacciona ante la menor vibración del entorno.

El sutil y metálico crujido de la cerradura de sándalo al ceder resonó en el silencio de la estancia como un disparo. Mis ojos de obsidiana se abrieron de par en par en una fracción de segundo, desprovistos de cualquier rastro de somnolencia, fijos de inmediato en la entrada del cuarto. No me moví para no alterar el sueño de Amira, pero todos los músculos de mi espalda y de mis brazos se tensaron con la rigidez del acero templado.

La pesada hoja de madera se abrió de golpe, sin el anuncio previo de los ujieres, revelando la silueta imponente y cargada de una furia teatral de Layla.

Mi primera esposa entró al espacio como una exhalación de seda carmesí y oro, con el velo de la frontera ondeando a sus espaldas y sus pesadas joyas de diamantes tintineando con un sonido estridente que profanó de inmediato la paz del ala norte. Traía en el rostro la soberbia de la mujer que viene a reclamar un derecho de estado, dispuesta a escupir sus reproches tradicionales sobre los horarios de la corte.

—¡Cem! Estás llegando tarde a tu cuarto en el ala este —su voz, estridente, autoritaria y cargada del veneno clánico de su familia, cortó el aire de la habitación antes de que sus ojos terminaran de adaptarse a la penumbra—. El general Malik y los visires del consejo ya están esperando en el patio de armas para la revisión de los edictos de las fronteras, y tu lecho oficial ha permanecido vacío toda la…

Las palabras se le atragantaron en la garganta. La frase de Layla se extinguió en un ahogo seco, un estertor de pura incredulidad y bilis que congeló su figura en mitad del umbral.

Sus ojos, pintados con el kohl negro de las mujeres del norte, se abrieron con una fijeza desorbitada, clavándose de lleno en la estampa que la cama de tela basta le ofrecía. El velo de la mentira política, esa farsa de cortesía que habíamos escenificado quince días atrás ante los doce ancianos, se resquebrajó por completo ante sus ojos en un solo segundo.

Amira yacía a mi lado, sumergida aún en el sopor del letargo provocado por el embarazo y la fatiga erótica de la madrugada. El movimiento brusco de mi tensión había provocado que la manta de lana gris se deslizara sutilmente hacia abajo, exponiendo su anatomía blanca y esbelta a la crudeza de la luz solar que entraba por el ventanal. Estaba completamente desnuda, entrelazada de manera inequívoca con mi cuerpo desvestido. Sus piernas perfectas se cruzaban sobre las mías, y sus cabellos oscuros y desordenados se esparcían por mi pecho y mis hombros como un manto de sumisión voluntaria.

Pero lo que terminó de envenenar la mirada de Layla no fue la desnudez en sí, sino las marcas de la verdad física que cubrían la piel de la latina. Las evidencias del sexo rudo de reconciliación eran flagrantes, imposibles de ocultar bajo ninguna retórica de estado. En la blancura de sus caderas, las huellas rojizas de mis dedos grandes y curtidos se dibujaban con una fijeza posesiva, revelando la fuerza con la que la había aferrado para marcar el compás del vaivén. Su cuello esbelto y la base de su garganta mostraban los sutiles estigmas de mis labios hambrientos, pequeñas marcas de fuego que delataban que el Lobo la había devorado en la oscuridad sin mostrar la menor piedad por su orgullo occidental. Incluso el sutil rastro de la fricción de nuestros muslos y la humedad que aún manchaba las sábanas de tela basta daban testimonio de que el lecho de Amira no había sido el santuario de una enferma, sino el territorio de una entrega absoluta.

Layla dio un paso hacia atrás de manera instintiva, como si la visión de nuestra intimidad fuera un golpe físico que la hubiera dejado sin aire. Su rostro, habitualmente cubierto por la máscara de la arrogancia dinástica, se encendió en una mueca de pura humillación y rabia homicida. Los puños se le cerraron a los costados, haciendo que las telas de su abaya carmesí crujieran bajo la presión de sus uñas largas y pintadas de henna.

—Tú… tú estuviste con ella —susurró Layla, su voz temblando por una vibración de odio que amenazó con despertar a la mujer que dormía a mi lado—. Me dijiste ante el consejo que tu presencia en el ala norte era solo para vigilar la legalidad del embarazo. Me juraste en la cama del este que tu carne no se rebajaría ante la mercancía extranjera. ¡Mírate, Cem! Estás cubierto de su sudor, metido en esta pocilga fría como un esclavo de sus caprichos. ¡Las marcas de su cuerpo gritan que la has poseído con el salvajismo que nunca has mostrado conmigo!

Me incorporé lentamente sobre el colchón, sin prisa, manteniendo una calma glacial que pretendía aumentar su desesperación. Deslicé la manta gris hacia arriba con un movimiento fluido y posesivo, volviendo a cubrir la desnudez de Amira hasta los hombros, asegurando su santuario de la vista de la intrusa. Me puse de pie en medio de la luz dorada, mostrando mi torso desnudo y la rigidez de mi musculatura sin la menor sombra de vergüenza o disculpa ante mi primera esposa. Mis ojos de Lobo se clavaron en los suyos con una fijeza asesina que la obligó a morderse la lengua.

—Modera tu vocabulario en esta habitación, Layla —mi voz salió en un susurro ronco, sibilante, tan cargado de una autoridad letal que el eco pareció enfriar el aire del cuarto—. Estás en los aposentos de la segunda princesa del Sultanato. Has entrado sin autorización de mis guardias, quebrando el protocolo que tanto te gusta invocar ante los visires. Lo que ocurra en este lecho, las marcas que veas en su piel y las horas que yo decida pasar entre estas paredes de piedra no son asunto de tu incumbencia.

—¡¿Que no son de mi incumbencia?! —estalló Layla, dando un paso al frente, la locura del orgullo herido borrando cualquier rastro de su prudencia habitual—. Soy tu primera esposa, la hija de los clanes del norte que sostiene la mitad de tus fusiles en la frontera. La mentira que armaste con la partera Fatima ya era una humillación insoportable para mi estirpe, pero esto… esto es una declaración de guerra, Cem. Has preferido vaciarte en el coño de una infiel, de una latina comprada en Nueva York, marcándola como si fuera tu única dueña, mientras mi habitación en el este sigue oliendo a la indiferencia de tus ausencias. Los ancianos sabrán de esto. Sabrán que el embarazo de quince días es la pantalla de tu lujuria patológica.

Amira se movió levemente sobre la almohada, soltando un gemido ahogado al escuchar los gritos de mi primera esposa. Sus ojos oscuros comenzaron a abrirse despacio, nublados por el sueño y por el impacto de la realidad que volvía a derrumbarse sobre su cabeza. Al ver la silueta carmesí de Layla en la puerta y notar mi desnudez defensiva junto a la cama, el pánico encendió sus facciones pálidas, obligándola a aferrar la manta contra su pecho con las manos temblorosas.

—Cem… ¿qué está pasando? —murmuró Amira, su voz delatando la fragilidad de su estado.

—No te muevas, Amira —le ordené sin mirarla, manteniendo mi fijeza asesina sobre Layla—. Quédate bajo la manta y no digas una sola palabra.

Caminé hacia el umbral con pasos lentos y pausados, infundiendo en cada pisada la soberbia del comandante en jefe del ejército. Me planté frente a Layla, obligándola a levantar la barbilla para sostener mi cercanía, dejando que la sombra de mi altura la cubriera por completo y la asfixiara en su propio espacio. El aroma a sándalo de mi piel, mezclado con el olor metálico del sexo de la madrugada, inundó sus sentidos, provocándole un respingo de pura amargura.

—Escúchame bien, Layla —le dije al oído, mi tono bajando a una frialdad tan cortante que hizo que el tintineo de sus joyas cesara por completo—. Puedes ir en este mismo instante al Salón del Trono Chico y reunir a los doce ancianos del consejo. Puedes contarles que viste al regente en la cama de su segunda esposa, marcando el cuerpo de la mujer que lleva su sangre legítima ante los edictos de la Sharía. ¿Sabes qué harán esos viejos decrépitos? Se sonreirán en silencio y darán gracias a Alá porque el Lobo está asegurando la dinastía con la virilidad que el trono exige. No hay ley en este desierto que condene a un hombre por poseer a su esposa bajo su propio techo, pero sí hay decretos muy claros sobre las primeras esposas que interfieren con el desarrollo del heredero legítimo.

Layla tembló de rabia, sus labios enrojecidos curvándose en una línea de pura frustración.

—La partera mintió por tu oro, Cem… todos lo sabemos —siseó entre dientes.

—Lo que tú sepas o dejes de saber no importa en el tablero de estado —repliqué, dando un paso imperioso que la obligó a retroceder hacia el pasillo exterior—. El informe ya está firmado con el sello de la corona. Si intentas tocar a Amira, si vuelves a cruzar este umbral sin mi permiso o si usas los fusiles de tu padre para amenazar la paz de este ala, consideraré tu actitud como una alta traición a la regencia. Y te juro por la memoria de Zaid que no me temblará la mano para despojarte de tus títulos y encerrarte en la torre este hasta el fin de tus días.

Extendí mi mano derecha y, con un movimiento brusco y violento, aferré el borde de la pesada puerta de sándalo, azotándola en su cara con un estruendo que retumbó en todo el corredor del ala norte. El sonido de la madera al cerrarse sepultó los gritos ahogados de Layla afuera, devolviendo a la habitación el silencio tenso de la vigilia interrumpida.

Me giré lentamente hacia la cama, donde Amira permanecía ovillada bajo la manta gris, mirándome con unos ojos oscuros cargados de una confusión y un temor que volvían a levantar los muros del exilio. El velo de la normalidad que habíamos construido bajo el agua de la ducha se había roto con la llegada del alba, recordándonos que en el palacio Al-Fayed la sangre de la reconciliación siempre se pagaba con el veneno de la corte acechando detrás de la puerta.

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