Mundo ficciónIniciar sesiónEl silencio regresó al ala norte con la misma pesadez con la que la noche cae sobre las dunas más profundas del Rub al-Jali. La tormenta de carne, sudor y reconciliación ruda que nos había consumido hacía apenas unos instantes se había disipado, dejando tras de sí el eco apagado de nuestros gemidos y el rítmico, casi agónico, crujir de las maderas del lecho. Amira yacía bocarriba, con el pecho subiendo y bajando con lentitud, completamente desarmada por el clímax que le había arrancado el orgullo de la boca. Sus cabellos oscuros, empapados en el sudor de nuestra entrega, se extendían sobre la almohada basta como hilos de seda negra desordenados por un vendaval.
Me incorporé sobre un codo, permitiendo que el aire gélido de la habitación golpeara mi torso desnudo y secara las gotas de sudor que brillaban en mi pecho. Mis ojos de obsidiana, fijos y posesivos, recorrieron cada centímetro de su anatomía expuesta a la luz plateada de la luna. Estaba limpia de ropas, blanca como el mármol de las columnas del salón de justicia, pero marcada por la soberbia de mi tacto. En sus caderas, la presión de mis manos grandes había dejado sutiles marcas rojizas que desaparecerían al amanecer, un testimonio físico de la fuerza con la que la había reclamado para romper su distancia de hielo.
Estiré la mano y, con una delicadeza que contrastaba con el salvajismo de los minutos anteriores, deslicé la manta de lana gris áspera sobre su cuerpo, cubriéndola hasta los hombros para protegerla del frío rancio que comenzaba a colarse por la estrecha ventana de piedra. Amira no se movió; apenas un leve suspiro entrecortado escapó de sus labios entreabiertos, delatando que el sueño del cansancio extremo la había reclamado por completo. Su cuerpo, entregado ahora a las sabias leyes de la maternidad que Fatima me había revelado, necesitaba cada onza de esa paz forzada para nutrir la semilla que latía en su interior.
Me acomodé de espaldas contra la pared de piedra, cruzando los brazos sobre el pecho, iniciando mi vigilia silenciosa. No iba a dormir. El Lobo no duerme cuando el territorio está rodeado de hienas, y el palacio Al-Fayed era el nido de víboras más peligroso del Golfo.
Mientras contemplaba el rostro sereno de mi Mariposa en la penumbra, mi mente se alejó de las paredes del ala norte para internarse en los laberintos de la estrategia política que me aguardaba al romper el alba. La farsa estaba consolidada. Ante el consejo de ancianos, ante los tribunales de la Sharía y ante cada eunuco que cobraba oro de las arcas reales, Amira llevaba en su vientre un embarazo legítimo de quince días, concebido falsamente la noche de nuestra boda oficial para limpiar cualquier mancha de su pasado en Occidente. Había transformado su mayor vulnerabilidad en el escudo más blindado del imperio. Ahora era intocable. El viejo Abdul ya estaba ordenando sedas y los ujieres se cuadraban a su paso porque creían que custodiaba la continuación de mi estirpe.
Pero una victoria en el tablero de estado jamás es definitiva; es solo el preludio de una represalia más sofisticada. Pensé en Layla. El recuerdo de su rostro desencajado por la rabia en el Salón del Trono Chico, su voz histérica quebrando el protocolo ante los doce ancianos, me trajo una sonrisa gélida a los labios. Mi primera esposa era una cobra del norte, una mujer educada en los clanes de la frontera donde el poder se mide por el número de cimitarras y la pureza de la sangre. Ella sabía, con el instinto asesino que la caracterizaba, que el informe de la partera era una pantalla armada por mí para desarmarla. Sabía que la latina a la que había mandado a azotar en los pasillos la había vencido en el juego dinástico antes de que el primer mes de matrimonio llegara a su fin.
Layla no se quedaría de brazos cruzados en sus aposentos de seda carmesí del ala este. En este momento, mientras la luna cruzaba el cenit del cielo, sus emisarios debían estar cruzando las dunas hacia los campamentos de su padre, buscando el respaldo de los fusiles del norte para impugnar la regencia o para forzar una alianza que debilitara mi autoridad. Debería adelantarme a sus movimientos. Mañana mismo ordenaría al general Malik que apostara dos batallones del ejército regular en los pasos de la montaña, bloqueando cualquier comunicación no autorizada por mi despacho. Si los clanes del norte querían guerra por el vientre de la extranjera, encontrarían al Lobo con los colmillos afilados en las puertas de la ciudad.
Deslicé la mirada de nuevo hacia el vientre de Amira, oculto bajo la manta gris. Una punzada de posesividad oscura me oprimió el pecho al recordar sus palabras de la tarde en mi oficina.
«¿Qué pasa si es una niña?»
Su pregunta seguía perforando las grietas de mi orgullo tradicional. En las crónicas de mis antepasados, los nacimientos de las hembras se registraban con tinta menor, actas de cortesía que solo servían para planificar futuros matrimonios de conveniencia que expandieran las fronteras del territorio. El trono Al-Fayed exigía un varón, un heredero que llevaría el nombre de mi hermano fallecido, Zaid, para acallar los fantasmas del pasado y mantener la cohesión de las tribus del desierto. Pero la noche y el roce de la piel de Amira habían cambiado la química de mis prioridades.
Si era una niña, si el destino me entregaba una pequeña criatura con los mismos ojos oscuros y rebeldes de la mujer que dormía a mi lado, el mundo entero tendría que aprender a arrodillarse ante ella. No permitiría que fuera una moneda de cambio en los tratados de los ministros. Yo mismo rompería las tradiciones del harén para sentarla a mi derecha en las asambleas de los jeques, y el primer hombre que osara mirarla como a una debilidad del trono perdería la cabeza antes de terminar el saludo de estado. Amira creía que mis promesas eran palabras al viento, pero el Lobo no jura en vano sobre la sangre de sus hijos.
El viento del desierto comenzó a silbar con más fuerza contra los muros de piedra del ala norte, un sonido lúgubre que se filtraba por las rendijas y hacía oscilar las sombras en las esquinas del cuarto. Me estremecí sutilmente, no por el frío, sino por el peso de la culpa que compartía con la penumbra. La farsa de este matrimonio nos estaba destruyendo a ambos por caminos distintos. Amira me odiaba porque mis tradiciones la obligaban a compartir mi nombre con otra mujer, porque mi frialdad pública era el único escudo que la mantenía viva en una corte que la repudiaba por su origen occidental. Y yo la amaba con una ferocidad patológica que me obligaba a encadenarla a mis leyes, a usar la fuerza de mi ejército para retenerla en este rincón del mundo, prefiriendo verla rota y furiosa en mi cama antes que libre y lejos de mi alcance.
Me deslicé un poco más abajo en el colchón, acomodando mi cuerpo de lado para quedar de frente a ella. Estiré mi brazo derecho por encima de su cintura, posando la palma de mi mano sobre la manta, justo en el lugar donde latía el futuro de mi dinastía. El calor que emanaba de su cuerpo atravesó el tejido áspero, inundando mis dedos con una vibración de vida pura que calmó los demonios de mi cabeza. Ella se movió levemente ante mi tacto, buscando el calor de mi pecho de manera inconsciente en mitad de su sueño, arrastrando las piernas hasta que sus rodillas rozaron mis muslos desnudos.
—Duerme, mi Mariposa… —murmuré en la oscuridad, mi voz saliendo tan baja que se confundió con el silbido del viento exterior—. Mañana las rejas de seda volverán a cerrarse, y tendré que volver a vestir la máscara del verdugo ante los ancianos del consejo. Pero esta noche, la farsa no existe. Solo somos el Lobo y su presa, unidos por un pacto de sangre que ningún imperio podrá romper.
Me quedé inmóvil, observando el sutil subir y bajar de sus hombros bajo la luz plateada de la luna, midiendo el paso de las horas por el ritmo de su respiración tranquila. El amanecer llegaría pronto, trayendo consigo los edictos de finanzas, las amenazas de Layla y los susurros venenosos de los pasillos del harén. Pero mientras las estrellas del desierto siguieran custodiando el ala norte, el lecho de Amira sería mi único santuario, el territorio inexpugnable donde el monarca se despojaba de la corona para entregarse al fuego de la única mujer que dominaba su existencia.







