El silencio regresó al ala norte con la misma pesadez con la que la noche cae sobre las dunas más profundas del Rub al-Jali. La tormenta de carne, sudor y reconciliación ruda que nos había consumido hacía apenas unos instantes se había disipado, dejando tras de sí el eco apagado de nuestros gemidos y el rítmico, casi agónico, crujir de las maderas del lecho. Amira yacía bocarriba, con el pecho subiendo y bajando con lentitud, completamente desarmada por el clímax que le había arrancado el orgul