cap 39

El agua ardiente seguía golpeando los azulejos oscuros del baño, creando una atmósfera tan densa y cargada de vapor que las esquinas del espacio de mármol rústico habían desaparecido por completo. El calor de mi juramento aún vibraba en el aire, mezclado con el repiqueteo constante del torrente que escurría por nuestras pieles desnudas. Amira permanecía apoyada contra mi pecho, su respiración apaciguándose lentamente tras el desborde de sus lágrimas y el peso de la promesa que le había entregado.

Ninguno de los dos se movió durante varios minutos. Sentir el sutil latido de su vientre contra mis muslos era el único recordatorio de que el tiempo avanzaba en el mundo exterior. Sin embargo, la química de la reconciliación y la crudeza de nuestra desnudez compartida comenzaron a transformar el ambiente de una paz protectora a una tensión erótica, eléctrica y subterránea, que nos devolvió la urgencia de la carne.

Amira se separó sutilmente de mí, rompiendo el contacto de nuestros pechos húmedos. Sus ojos oscuros, limpios por el agua de la ducha y desprovistos de la altivez de la corte, se fijaron en los míos con una intensidad indescifrable, cargada de una determinación salvaje que nunca antes le había visto. El vapor humedecía sus pestañas mientras daba un paso hacia atrás, permitiendo que el chorro de agua cayera de lleno sobre su cabellera empapada, que se adhería a la curva de sus hombros y de su espalda esbelta.

Sin apartar la mirada de mis pupilas de obsidiana, mi Mariposa tomó una bocanada de aire y comenzó a deslizarse hacia abajo.

La parsimonia de sus movimientos me congeló los músculos del cuerpo. Mis palmas, aún apoyadas contra la pared de mármol, se tensaron con tal fuerza que sentí la rigidez del material bajo mis dedos curtidos. Amira se arrodilló lentamente sobre el suelo húmedo del baño, ignorando la frialdad de las baldosas que el agua caliente intentaba temperar, quedando expuesta ante mí en una postura de sumisión voluntaria que me encendió la sangre por completo. El Lobo en mi interior rugió ante la estampa de su entrega.

Su cabello oscuro cayó hacia adelante, cubriendo parcialmente sus hombros blancos, mientras sus manos delgadas ascendían por mis pantorrillas y mis muslos, dejando un rastro de fuego a su paso. Cuando sus ojos volvieron a buscar los míos desde el suelo, la vulnerabilidad se había transformado en un desafío erótico puro. Estiró los dedos y rodeó la base de mi virilidad, que ya se erguía rígida, pesada y palpitante bajo el influjo del vapor y de su cercanía.

Era la primera vez para ambos en este territorio. En las estrictas e hipócritas tradiciones del harén y en los matrimonios de conveniencia del norte, el placer de un hombre se limitaba a la penetración rápida, un acto de dominación biológica destinado puramente a la procreación o al desahogo de la testosterona, donde las mujeres apenas participaban activamente más allá de la sumisión horizontal en el lecho. Ninguna de las concubinas ni Layla habrían osado jamás arrodillarse ante mí de esa manera, ni yo lo habría permitido, porque mi orgullo posesivo reservaba mi intimidad para la única dueña de mi existencia. Y para Amira, criada en las libertades de Occidente pero atrapada en el trauma de mi secuestro y de mis leyes, este paso representaba la caída definitiva de su orgullo; el bautismo carnal donde aceptaba que su boca también me pertenecía.

Amira se inclinó hacia adelante, exhalando un suspiro tibio que rozó la punta de mi miembro, haciéndome dar un respingo involuntario de expectación pura. Abrió sus labios húmedos y capturó la cabeza de mi anatomía, introduciéndola en la calidez de su boca con una lentitud inexperta que me caló directo en la médula espinal.

Un gemido ronco, cavernoso, escapó de mi garganta, rebotando en las paredes de estuco del baño. Cerré los ojos por una fracción de segundo, apretando los dientes para contener la oleada de placer primitivo que amenazó con desarmar mi control de cazador. La sensación de su lengua, tibia y suave, delineando las fibras de mi virilidad mientras el agua de la ducha nos empapaba a ambos, era una tortura deliciosa que superaba cualquier experiencia previa.

Con movimientos cuidadosos pero firmes, deslicé mis dedos grandes entre los mechones de su cabello mojado, asegurando mi agarre en su nuca. No la empujé; permití que ella marcara el ritmo de su avance en este nuevo lenguaje carnal. Amira continuó succionando con una timidez que se transformaba milímetro a milímetro en una urgencia hambrienta, metiendo más de mi miembro en su garganta estrecha, experimentando el sabor metálico de mi masculinidad mezclado con el agua limpia de la ducha.

El sonido rítmico de su succión y de sus respiraciones entrecortadas llenó el espacio del baño, compitiendo con el estruendo de la cascada de latón. Verla allí abajo, entregada por completo al placer de su dueño, moviendo la cabeza con una cadencia que me volvía loco, encendió un fuego dinástico y posesivo en mis entrañas. Cada movimiento de sus labios era un eslabón más en las cadenas invisibles que nos unían en la oscuridad del ala norte.

—Amira… —siseé entre dientes, mi mano apretándose sutilmente en su nuca, guiando sus movimientos hacia un compás más profundo y firme—. Eres mía… bendita seas en este suelo frío.

Ella emitió un gemido ahogado contra mi virilidad, incrementando la presión de su boca, usando sus manos para acariciar mis testículos y la base de mis muslos con una audacia que terminó por quebrar los últimos diques de mi paciencia. El placer se volvió tan agudo, tan violento en su intensidad, que supe que si continuaba en esa posición sobre las baldosas, me vaciaría en su boca antes de poder reclamar el santuario de su vientre en la cama.

La tomé por las axilas con una fuerza impecable, obligándola a ponerse de pie de un solo movimiento. Amira se incorporó jadeando, con los labios enrojecidos y brillantes por la humedad de mi cuerpo, sus ojos oscuros nublados por el influjo de una excitación que la hacía temblar desde los tobillos hasta la nuca. Sin darle tiempo a recuperarse, cerré la llave de paso de la ducha, deteniendo el estruendo del agua y dejando que el silencio denso del vapor nos envolviera por completo.

La cargué en mis brazos, acomodando su cuerpo esbelto contra mi pecho rígido, ignorando las gotas de agua que salpicaban el mármol del suelo al salir del baño. Crucé el umbral hacia la habitación del ala norte, donde la penumbra plateada de la mañana aún dominaba el espacio. La cama sencilla nos esperaba con las sábanas de tela basta desordenadas por la batalla de la madrugada.

La deposité sobre el colchón con una firmeza reverencial, abriendo sus piernas de inmediato con mis manos para colocarme entre sus muslos descalzos. La ropa ya no existía en nuestro universo; solo quedaban dos cuerpos húmedos, calientes, que necesitaban la unificación definitiva para sellar la promesa de la ducha.

Amira me miró desde el colchón, con la respiración acelerada y los brazos extendidos hacia mí, invitándome a su espacio con una urgencia que borró cualquier vestigio de sus antiguos reproches sobre Layla o el harén. En este rincón abandonado del imperio, el orgullo de la americana y las tradiciones del Sultán se habían fundido en una sola necesidad biológica.

—Hazme tuya otra vez, Cem… —murmuró en un hilo de voz, sus uñas clavándose en mis hombros desnudos mientras yo me inclinaba sobre ella—. Hazme olvidar el resto de este maldito palacio.

No respondí con palabras. Me hundí en su interior de un solo impacto rudo, profundo y definitivo, penetrando la estrechez de su coño húmedo que me recibió con una calidez abrasadora. Un grito rasgado y fuerte escapó de los labios de Amira, resonando en las vigas del techo mientras su cuerpo se arqueaba sobre las sábanas ásperas, asimilando la inmensidad de mi virilidad que la reclamaba por segunda vez en la noche.

Comencé a moverme con un ritmo salvaje, rítmico, un vaivén implacable que hacía crujir la madera vieja de la cama contra la pared de piedra. Mis manos se aferraron a sus caderas, marcando el compás de la entrega, asegurando que cada embestida se hundiera hasta el fondo de su anatomía, rozando el santuario donde nuestra semilla continuaba su curso silencioso.

El sonido de la piel chocando contra la piel volvió a convertirse en la única ley del ala norte. Amira ya no intentaba ocultar sus gemidos; su boca se abría en un coro de puros lamentos eróticos que delataban que el placer la estaba consumiendo por completo. Sus piernas se envolvieron alrededor de mi cintura, apretándome contra ella, buscando una profundidad que nos hiciera perder el conocimiento de la realidad política que nos aguardaba afuera.

—Cem… más fuerte… no pares… —articuló ella entre jadeos, sus manos subiendo por mi espalda, delineando mis cicatrices con una desesperación traidora que confirmaba que el Lobo la había domado en el territorio del deseo.

—Eres mi reina, latina… —siseé en su oído, mi respiración quemándole la piel húmeda mientras incrementaba la velocidad del vaivén—. Este vientre solo dará frutos para mi estirpe, y no habrá fuerza en este desierto que te separe de mis manos.

El sexo de reconciliación se transformó en un bautismo de pura posesividad animal. La fricción de nuestros cuerpos generaba un calor que desafiaba el invierno del ala norte, unificando nuestros fluidos en un vaivén rudo que nos arrastró hacia el borde del clímax. Las paredes de su coño comenzaron a contraerse en una serie de espasmos eléctricos, aprisionándome con una fuerza que me hizo emitir un rugido cavernoso contra su cuello esbelto.

Amira estalló primero, su cuerpo tensándose por completo bajo el mío mientras un grito de pura liberación erótica escapaba de su garganta. Sus ojos se cerraron y sus dedos se hundieron en mis omóplatos, entregándose al orgasmo con una violencia física que la hizo estremecerse durante varios segundos. Sosteniendo el pulso de su delicia, di tres embestidas más, profundas y firmes, vaciándome en su interior con una descarga ardiente que selló nuestra unión en la penumbra de la mañana.

Nos quedamos inmóviles, jadeantes, con los pechos subiendo y bajando en sincronía perfecta sobre el colchón desordenado. Me dejé caer a su lado, atrayendo su cuerpo exhausto hacia mi pecho, cubriéndonos a ambos con la manta de lana gris para retener el calor de nuestro encuentro. Amira escondió el rostro en mi hombro, con los dedos entrelazados en mi mano derecha, donde el anillo del Lobo brillaba bajo la primera luz del sol que entraba por la ventana. La farsa del palacio Al-Fayed se reanudaría en pocos minutos, y las rejas de seda volverían a cerrarse sobre nuestras cabezas, pero en la penumbra de esa habitación rota, el monarca y su Mariposa sabían que la carne había firmado un pacto de lealtad que ninguna intriga dinástica podría destruir.

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