El agua ardiente seguía golpeando los azulejos oscuros del baño, creando una atmósfera tan densa y cargada de vapor que las esquinas del espacio de mármol rústico habían desaparecido por completo. El calor de mi juramento aún vibraba en el aire, mezclado con el repiqueteo constante del torrente que escurría por nuestras pieles desnudas. Amira permanecía apoyada contra mi pecho, su respiración apaciguándose lentamente tras el desborde de sus lágrimas y el peso de la promesa que le había entregad