El silencio que siguió a su pregunta se solidificó en el espacio de la oficina como el hormigón armado. Las últimas luces del crepúsculo se filtraban por el ventanal tallado, arrojando sombras alargadas y lúgubres que dividían el escritorio de caoba en zonas de luz y penumbra. Amira permanecía frente a mí, con el dedo índice aún alzado hacia mi pecho, la respiración entrecortada y las mejillas encendidas por una mezcla de rabia y extenuación física. Sus palabras seguían flotando en el aire, sus