cap 38

El primer destello del alba se filtró por las rendijas de la ventana de piedra, tiñendo de un gris ceniciento las paredes desnudas del ala norte. Me levanté del colchón sencillo con la lentitud de quien lleva el peso de un reino sobre las costillas, cuidando de no alterar el sueño profundo de Amira. Su respiración aún era pausada, sumergida en ese letargo reparador que su cuerpo encinta reclamaba con tanta urgencia tras la tormenta de la madrugada. Cubrí su silueta desnuda con la manta de lana gris una última vez, fijando en mis pupilas la imagen de su paz clandestina antes de adentrarme en el cuarto de baño anexo.

El espacio era un rectángulo de mármol rústico y oscuro, desprovisto de los lujos excesivos del ala este. No había fuentes de oro con agua perfumada con esencias de azahar, ni sirvientes esperando con toallas de hilo egipcio. Solo una ducha de latón envejecido y el murmullo constante del agua corriente. Abrí la llave de paso, permitiendo que el agua brotara con fuerza, fría al principio, hasta que las tuberías del subsuelo comenzaron a liberar el calor que transformó el ambiente en una densa cortina de vapor blanco.

Me deslicé bajo el chorro ardiente, apoyando ambas palmas de las manos contra los azulejos húmedos, dejando que la cabeza colgara entre mis hombros tensos. El agua golpeaba mis cicatrices de la espalda con la fuerza de una flagelación necesaria, arrastrando el sudor de la reconciliación ruda, el olor metálico de la noche y el cansancio acumulado de quince días de guerra psicológica. Bajo esa cascada de vapor, el Sultán regente se despojaba por unos minutos de la armadura del estado. Las finanzas del palacio, las amenazas latentes de los clanes norteños de Layla y los edictos del consejo de ancianos se disolvían temporalmente en el desagüe, dejándome a solas con el Lobo que intentaba descifrar cómo gobernar un imperio sin destruir el alma de la mujer que amaba.

El ruido sordo del agua llenaba el espacio, aislando mis sentidos. Por eso, no escuché el crujido de la puerta de madera al abrirse, ni el sutil arrastrar de los pies descalzos sobre el mármol frío del suelo.

La sorpresa me paralizó los músculos cuando sentí dos brazos delgados y suaves rodear mi cintura desde la espalda.

Me quedé estático, conteniendo el aliento bajo el chorro de agua. El contraste fue inmediato y desgarrador: la piel desnuda de Amira, tibia y delicada, se apretó contra mi espalda húmeda y rígida por la tensión del despertar. Su rostro se apoyó justo en el espacio entre mis omóplatos, ocultándose de la luz brumosa que generaba el vapor. Sentí el temblor ligero de sus manos al entrelazar sus dedos sobre mi abdomen, un agarre que no tenía la fuerza de la sumisión ni la violencia del reclamo, sino la desesperación pura de quien busca un anclaje en mitad de un océano embravecido.

Giré el cuerpo lentamente bajo el agua, cuidando de no romper el contacto, hasta quedar de frente a ella en el reducido espacio de la ducha. Amira estaba completamente desvestida. La seda negra de su camisón había quedado olvidada en el suelo de la habitación, y ahora su piel blanca se cubría de diminutas gotas de agua que brillaban como diamantes bajo la luz difusa. El vapor humedecía sus pestañas y pegaba los mechones oscuros de su cabello a su cuello y a sus hombros esbeltos. Su mirada, desprovista de las capas de odio y altivez con las que me había atacado en la oficina, me buscó con una vulnerabilidad tan desgarradora que sentí un vuelco salvaje en el pecho.

No dije nada. La elocuencia del silencio era nuestro único territorio seguro. Alargué la mano derecha, permitiendo que el agua escurriera por mis dedos antes de posarlos con una ternura infinita sobre su cabellera empapada. Comencé a acariciar su cabello hacia atrás, despejando su rostro, delineando con mi pulgar la curva de su oreja y la línea suave de su mandíbula. Amira cerró los ojos ante mi tacto, dejando escapar un suspiro entrecortado que se mezcló con el sonido de la ducha, y dio un paso más hacia adelante, colapsando su pecho contra el mío, unificando nuestros latidos bajo el torrente ardiente.

La estreché contra mí con un cuidado reverencial, rodeando sus hombros con mis brazos grandes, hundiéndola en mi volumen para protegerla del mundo exterior. Mis labios buscaron la coronilla de su cabeza, depositando pequeños besos húmedos sobre su pelo, mientras mis manos continuaban descendiendo por su espalda, recorriendo la suavidad de su piel con una parsimonia protectora que pretendía sanar cada grieta de su confinamiento.

—¿Qué ocurre, mi Mariposa? —le susurré al oído, mi voz saliendo en un tono ronco, espeso, que compitió con el estruendo del agua—. La noche ha terminado y tu cuerpo aún tiembla. ¿Los demonios del palacio han invadido tu sueño?

Amira apretó más sus brazos alrededor de mi cuello, obligándome a inclinarme sutilmente hacia ella. Levantó el rostro despacio, permitiendo que el agua de la ducha lavara las líneas de su expresión, y me miró directo a las pupilas de obsidiana con una fijeza que me oprimió las entrañas.

—Prométemelo, Cem… —murmuró, su voz saliendo con una urgencia trémula que me caló más hondo que el frío de las dunas—. Mírame a los ojos y prométemelo aquí dentro, donde nadie puede escucharnos, donde tus doce viejos no pueden dictar tus palabras y donde el apellido Al-Fayed no importa.

—¿Qué quieres que te jure, latina? —pregunté, mi mano deteniéndose en su nuca, sosteniendo el pulso de su mirada con una seriedad absoluta.

—Prométeme que tendremos una vida normal —soltó ella, y una lágrima rezagada se confundió con las gotas de agua que resbalaban por sus mejillas—. Prométeme que cuando esta farsa termine, cuando este bebé nazca y los edictos del consejo se calmen, nos iremos de aquí. Júrame que no criaré a mi hijo entre rejas de seda, ni bajo las amenazas de muerte de Layla, ni viendo a su padre actuar como un verdugo que cambia de cama por exigencia de la Sharía. Quiero una vida común, Cem. Una casa donde el aroma a sándalo sea solo tuyo, donde no haya ejércitos en la puerta y donde pueda mirarte por las mañanas sin recordar los azotes en los pasillos. Dime que seremos normales.

Las palabras de Amira cayeron sobre mí con el impacto de una sentencia definitiva. El vapor de la ducha pareció volverse más espeso, dificultando el paso del aire hacia mis pulmones. Su petición era el reclamo de un alma que se ahogaba en la opulencia rancia de mi dinastía, el grito de una mujer occidental que prefería la austeridad de la libertad antes que la corona de oro que yo había depositado a sus pies a la fuerza. Ella me estaba pidiendo lo único que un Sultán regente no podía garantizar: la simplicidad del anonimato.

Me quedé mirándola en silencio, dejando que el agua corriera entre nuestros rostros, sintiendo el calor de su vientre contra el mío. ¿Cómo explicarle que la normalidad era un lujo que la sangre Al-Fayed había pagado con la muerte de Zaid? ¿Cómo decirle que los batallones que custodiaban las murallas y las mentiras que Fatima había certificado ante el tribunal eran los únicos eslabones que evitaban que los clanes del norte la despedazaran viva? Si yo renunciaba a la regencia, si el Lobo abandonaba el trono para buscar esa casa sin ejércitos que ella anhelaba, las hienas del desierto seguirían nuestro rastro hasta encontrarnos, porque el linaje de la corona jamás se extingue con un exilio voluntario.

Sin embargo, al ver la desesperación pura en sus ojos oscuros, al sentir la fragilidad de su cuerpo encinta entregado por completo a mis brazos en el rincón más íntimo del ala norte, la armadura del monarca terminó de fracturarse. Yo era el dueño de su vida, el hombre que la había reclamado con la soberbia de su poder, pero en ese instante comprendí que si no le daba una luz al final del túnel, terminaría marchitando las alas de mi Mariposa de forma irreversible.

—Te lo prometo, Amira —mi voz salió en un murmullo denso, rotundo, cargado de una solemnidad que Alá mismo recibiría como un juramento de sangre—. Te prometo que este infierno de piedra no será tu destino eterno. Construiré un muro lo suficientemente alto para aplastar a mis enemigos, y el día que la dinastía esté a salvo y la memoria de mi hermano descanse en paz, te daré la vida que pides. Buscaremos ese refugio lejos de los susurros del harén, donde el único decreto que rija nuestras noches sea el deseo de tu piel.

Amira soltó un sollozo ahogado y escondió de nuevo el rostro en mi pecho, permitiendo que el llanto de la liberación fluyera bajo el chorro de agua. Yo la estreché con más fuerza, hundiéndome con ella en la penumbra del cuarto de baño, sabiendo que acababa de firmar una promesa que me obligaría a redoblar la crueldad de mis estrategias en el tablero de estado. Si quería darle esa vida normal, primero tendría que convertirme en el monstruo más implacable que el Sultanato hubiera visto jamás, extirpando cada amenaza de raíz para que mi hijo y mi mujer pudieran respirar el aire de la libertad sin el temor de la traición acechando a sus espaldas.

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