El primer destello del alba se filtró por las rendijas de la ventana de piedra, tiñendo de un gris ceniciento las paredes desnudas del ala norte. Me levanté del colchón sencillo con la lentitud de quien lleva el peso de un reino sobre las costillas, cuidando de no alterar el sueño profundo de Amira. Su respiración aún era pausada, sumergida en ese letargo reparador que su cuerpo encinta reclamaba con tanta urgencia tras la tormenta de la madrugada. Cubrí su silueta desnuda con la manta de lana