cap 36

El llanto que había quebrado la última resistencia de Amira dejó tras de sí un silencio denso, alterado únicamente por la sinfonía de nuestras respiraciones acoplándose en la penumbra del ala norte. Ella yacía con la cabeza hundida en el hueco de mi hombro, con los dedos aún crispados en la tela de mi pantalón, como si en mitad de su naufragio emocional mi cuerpo desnudo fuera la única roca sólida a la cual aferrarse. La tormenta biológica que la partera Fatima me había descrito parecía haber alcanzado una tregua temporal, transformando el asco defensivo en una necesidad primitiva de amparo.

Pasé los dedos por su larga cabellera oscura, desenredando las hebras con una lentitud sagrada. Mis movimientos eran pausados, desprovistos de la prisa del monarca que exige sumisión; era el Lobo lamiendo las heridas de su compañera. Me incliné sutilmente, depositando pequeños besos sobre la coronilla de su cabeza, luego en la sien, y finalmente descendiendo por la línea de su mejilla húmeda, barriendo el rastro salino de sus lágrimas con la calidez de mis labios.

—Estás a salvo, mi Mariposa… —le susurré contra el oído, sintiendo un espasmo ligero recorrer su espalda—. El palacio puede rugir afuera, pero este trozo de piedra nos pertenece.

Amira soltó un suspiro trémulo. Levantó el rostro despacio, mirándome a través de la oscuridad del cuarto con las pupilas dilatadas, reflejando el brillo gélido de la luna desértica. No había sumisión en sus ojos, pero la barrera de hielo que nos había separado durante los últimos quince días se había agrietado, revelando el fuego de la contradicción que la consumía por dentro.

—Te odio, Cem… —murmuró, su voz saliendo rota, un hilo de terciopelo que se clavó directo en mi pecho—. Te odio por hacerme esto, por hacerme desearte cuando sé que tus noches están malditas por el protocolo.

—No hay protocolo en este lecho, Amira —respondí, mi voz bajando a un tono cavernoso, cargado de una fijeza posesiva—. Solo existes tú.

La distancia terminó de evaporarse cuando mis labios reclamaron los suyos. No fue el beso político de la oficina, ni el ademán protector del inicio; fue un reclamo hambriento, un encuentro de dos voluntades que se habían castigado con la distancia y que ahora colapsaban ante la urgencia de la reconciliación. Amira abrió la boca con un gemido ahogado, enredando sus manos en mi nuca con una violencia traidora, permitiendo que mi lengua explorara su cavidad con una soberbia que la hizo temblar bajo la manta de lana gris áspera.

El calor de nuestros cuerpos encendió la atmósfera gélida de la habitación. Con movimientos decididos pero cuidadosos de no presionar su vientre, me deshice del camisón de seda negra que la cubría, deslizando la tela por sus hombros y sus caderas hasta arrojarla fuera del colchón sencillo. La ropa se había ido. Quedamos desnudos en la penumbra, expuestos a la crudeza de nuestra propia verdad biológica, dos pieles que se reconocían en la oscuridad con el salvajismo de los animales que comparten un mismo territorio.

La reconciliación demandaba un tributo de fuego. Mi posesividad animal, contenida durante semanas de simulacros dinásticos y camas vacías en el ala este, se desbordó con una rudeza violenta pero controlada. La giré sobre el colchón, colocándola boca abajo sobre las sábanas de tela basta, delineando con mis manos grandes las curvas de sus glúteos y la línea herida de su espalda que ya sanaba bajo los ungüentos de mirra. Me posicioné detrás de ella, pegando mi pecho rígido contra su espalda desprovista de ropas, sintiendo la descarga eléctrica que nos recorrió las venas al unificar nuestro calor.

—Cem… —jadeó ella, apretando las manos contra la almohada, intentando arquear la cadera para buscar espacio en la estrechez de la cama.

No le di tiempo a dudar. Separé sus piernas con mi rodilla, abriéndola por completo ante mi soberanía, y la penetré de un solo movimiento firme y profundo.

Un gemido rasgado y fuerte escapó de la garganta de Amira, resonando en las bóvedas de estuco del cuarto abandonado. La estrechez de su coño encinto, lubricado por el deseo traidor que su mente negaba pero su carne celebraba, me aprisionó con una fuerza que me hizo rugir de satisfacción contra su nuca. Comencé a embestirla con una cadencia ruda, rítmica, un vaivén salvaje que hacía crujir las maderas viejas de la cama contra la pared de piedra del ala norte.

Amira, abrumada por la intensidad del impacto y por el eco que sus propios sonidos provocaban en el vacío de la estancia, intentó morder la tela de la almohada, ahogando sus expresiones en un intento desesperado por mantener el secreto de nuestro encuentro fuera del alcance de los pasillos.

—No lo ocultes, Amira —le ordené al oído, mi voz saliendo ronca, jadeante, mientras mis manos se aferraban a sus caderas para marcar el ritmo de la entrega—. No te guardes un solo sonido en este cuarto. Quiero escucharte. Quiero que el palacio entero sepa a quién le perteneces en la oscuridad.

—Es… es demasiado fuerte… Cem… —articuló ella entre sollozos eróticos, sus caderas moviéndose en sincronía voluntaria con mis embestidas, buscando el fondo de mi anatomía con una insistencia que delataba su propia rendición—. Me vas a romper…

—No te voy a romper, mi Mariposa… te estoy uniendo a mí para siempre —siseé, incrementando la fuerza del impacto, permitiendo que el sonido de la piel chocando contra la piel se convirtiera en el único lenguaje de la reconciliación.

El golpeteo rítmico y húmedo de nuestros cuerpos en la penumbra se transformó en un estruendo de pura carne y pecado. Cada embestida ruda arrancaba un gemido más alto de sus labios; ella ya no intentaba esconderlo. Sus uñas se clavaban en las sábanas ásperas, y su cabeza se agitaba de lado a lado sobre la almohada, con los cabellos oscuros pegados a su frente sudorosa por el calor del esfuerzo. Yo la reclamaba con la ferocidad del Lobo que recupera su territorio perdido, marcando su piel con la fricción de mis muslos, asegurando que el recuerdo de esta noche sepultara cualquier vestigio de la altivez de Layla o de las exigencias del consejo.

El sexo de reconciliación nos arrastró hacia el límite de la cordura. La química transgresora de su estado agudizaba mis sentidos; el olor a mirra y flujos nupciales me nublaba la vista, obligándome a acelerar el paso. La tomé por la cintura, levantando sutilmente sus caderas para cambiar el ángulo de la penetración, hundiéndome en su interior con una fijeza tan absoluta que ambos emitimos un rugido unísono que vibró en los muros del ala norte.

El clímax nos alcanzó como una marea de arena ardiente. Las contracciones de su coño se volvieron espasmos eléctricos que me aprisionaron la virilidad, exprimiendo hasta la última gota de mi esencia. Amira gritó mi nombre en la oscuridad, un sonido puro, desprovisto de odio o política, entregándose al orgasmo con una violencia física que la hizo temblar por completo sobre el colchón. Yo me vacié en su interior con una última embestida profunda, sosteniéndome en su cuerpo exhausto mientras el calor de nuestra herencia sellaba el pacto de la sangre en las sombras de su exilio voluntario.

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