El llanto que había quebrado la última resistencia de Amira dejó tras de sí un silencio denso, alterado únicamente por la sinfonía de nuestras respiraciones acoplándose en la penumbra del ala norte. Ella yacía con la cabeza hundida en el hueco de mi hombro, con los dedos aún crispados en la tela de mi pantalón, como si en mitad de su naufragio emocional mi cuerpo desnudo fuera la única roca sólida a la cual aferrarse. La tormenta biológica que la partera Fatima me había descrito parecía haber a