El día transcurrió como una lenta tortura de arena y burocracia. Las horas en el diván de justicia, rodeado de ministros que discutían sobre los aranceles del petróleo y el destino del oro que Amira había repudiado, se me antojaron una eternidad estéril. Cumplí con las funciones del estado como un autómata de mármol, pero mi mente permanecía fija en el norte. Cuando el sol finalmente se hundió detrás de las dunas occidentales, pintando el horizonte con una línea de sangre y ceniza, una urgencia