Mundo ficciónIniciar sesiónEl día transcurrió como una lenta tortura de arena y burocracia. Las horas en el diván de justicia, rodeado de ministros que discutían sobre los aranceles del petróleo y el destino del oro que Amira había repudiado, se me antojaron una eternidad estéril. Cumplí con las funciones del estado como un autómata de mármol, pero mi mente permanecía fija en el norte. Cuando el sol finalmente se hundió detrás de las dunas occidentales, pintando el horizonte con una línea de sangre y ceniza, una urgencia primitiva se apoderó de mí. El calendario de la Sharía dictaba que esta noche era libre de obligaciones oficiales; no le pertenecía a Layla, ni a los tribunales, ni al protocolo. Me pertenecía a mí. O, mejor dicho, le pertenecía a ella.
Caminé por los pasillos abandonados del ala norte sin escolta, arrastrando las suelas de mis botas con una prisa contenida. El aire en este sector del palacio era notablemente más frío, desprovisto del calor que los braseros de cobre proporcionaban a las zonas principales. Al llegar a la última puerta de madera rústica, me detuve un instante. Mi corazón golpeaba contra mis costillas con una fuerza salvaje, una violencia que no había sentido jamás en el campo de batalla. Gire el pomo de bronce y empujé la hoja sin llamar.
La habitación estaba sumergida en la penumbra de la noche. Amira no había encendido las lámparas de aceite; la única iluminación provenía de la luna llena que se filtraba por la estrecha ventana de piedra, dibujando un rectángulo plateado sobre el suelo desprovisto de alfombras. Ella estaba allí, recostada en la cama sencilla bajo una manta de lana gris áspera, dándome la espalda con la misma rigidez con la que la había dejado el día anterior.
Cerré la puerta detrás de mí, asegurando el pestillo con un clic definitivo que resonó en el vacío del cuarto. Me despojé de mi pesada abaya de luto y de la túnica exterior, quedando únicamente con los pantalones oscuros y una camisa de lino negro que dejaba al descubierto mis brazos. Me acerqué al lecho con pasos felinos, pero ella ya se había tensado. Sabía que estaba ahí.
—Sal de aquí, Cem —dijo Amira. Su voz salió baja, ronca por el desuso y el aire gélido de la estancia, pero cargada de una hostilidad inquebrantable—. No tienes nada que hacer en este lado del mundo. Vuelve con tu Sultana.
No respondí. En lugar de obedecerla, me senté en el borde del colchón, haciendo que las maderas viejas crujieran bajo mi peso. Amira se giró de golpe, mirándome con los ojos abiertos de par en par, llenos de un brillo defensivo en la oscuridad. Sus cabellos oscuros caían desordenados sobre la almohada, y su rostro revelaba una palidez que me desgarró las entrañas.
—Te dije que comieras —comencé, mi voz saliendo en un murmullo espeso, buscando rastros de alimento en la mesa auxiliar, la cual estaba intacta—. Farah me dijo que apenas probaste el caldo de cordero. Estás castigando tu cuerpo, Amira. Estás castigando a nuestro hijo.
—No metas a mi hijo en esto —siseó ella, incorporándose a medias sobre un codo, mirándome con un desprecio que pretendía ser un escudo—. Mi hijo está perfectamente. Lo único que lo enferma es el aire de este palacio y la presencia del hombre que lo engendró. ¿Qué vienes a buscar aquí? ¿Acaso el calendario dice que hoy también tienes derecho a usarme después de haber pasado la noche en los brazos de Layla? Me da asco solo de pensarlo.
Me dolió. Cada una de sus palabras se enterró en mi pecho como una astilla de hierro caliente, pero mantuve la calma. Me acerqué un poco más, permitiendo que la luz de la luna iluminara mis ojos, buscando que viera la absoluta verdad que me habitaba.
—No la toqué, Amira —declaré, manteniendo la voz firme, desprovista de cualquier inflexión política—. Pasé la noche en sus aposentos porque la ley del harén me obligaba a figurar allí ante los ojos de los sirvientes y del consejo. Pero no compartí su lecho de la forma en que piensas. Me acosté al otro extremo de la cama, vestido, con los ojos fijos en el techo y el pensamiento clavado en esta habitación. No he tocado otra piel que no sea la tuya desde el día en que regresamos de Nueva York. Tienes que creerme.
Amira soltó una carcajada amarga, un sonido seco que se cortó en su garganta. Me miró con una incredulidad tan absoluta que me hizo comprender la magnitud del abismo que nos separaba.
—¿Que no la tocaste? —replicó, su voz temblando de rabia y desilusión—. ¿Pretendes que me crea esa mentira, Cem? Eres el Sultán de este lugar. Eres el hombre que acepta las leyes que le convienen para mantener su corona. Pasaste la noche encerrado con la mujer que viste con diamantes, la mujer que es tu esposa legítima ante tu pueblo, ¿y quieres que crea que te quedaste mirando el techo pensando en la latina exiliada? No soy estúpida. Conozco a los hombres de tu estirpe. Usáis a las mujeres como propiedad, dividís vuestras noches como si fuera ganado, y luego pretendéis regresar con la cara lavada a exigir pureza. No te creo. No te creeré nunca más.
—Es la verdad —insistí, la desesperación empezando a quebrar la armadura de mi voz. Me deslicé bajo la manta gris, ignorando su mirada de advertencia, y me acosté a su lado en el estrecho colchón—. Puedes interrogar a los eunucos si quieres, puedes buscar las marcas en mi cuerpo. No hubo nada. Layla durmió con el odio de mi rechazo y yo dormí con la agonía de tu distancia.
Antes de que pudiera replicar, estiré mis brazos y la rodeé por la cintura, pegando su espalda contra mi pecho en un movimiento rápido y posesivo. El contacto con su cuerpo me devolvió la vida; estaba fría, temblando levemente bajo la seda negra de su camisón, pero era ella. Mi Mariposa. El centro de mi universo maldito.
—¡Suéltame! ¡No me toques! —gritó Amira, comenzando a forcejear con una furia desesperada. Apoyó sus manos contra mis antebrazos, empujándome con todas las fuerzas que le quedaban en su cuerpo debilitado. Sus codos impactaron contra mi pecho y sus piernas se agitaron bajo la manta, intentando zafarse de mi agarre—. ¡Déjame en paz, Cem! ¡Vete con ella! ¡No quiero tus manos encima de mí después de haber estado en ese cuarto! ¡Suéltame, por favor!
—No te voy a soltar —gruñí, apretando el agarre con delicadeza pero con una firmeza implacable, usando el peso de mi cuerpo para inmovilizar sus movimientos sin lastimar su vientre—. No me importa que me grites, no me importa que me odies o que pienses que soy el peor de los monstruos. Pero no te voy a dejar sola en este frío.
—¡Te odio! ¡Te odio por traerme aquí! —continuó ella, sus empujones volviéndose más débiles a medida que el cansancio físico y la falta de alimento le pasaban la factura. Su respiración se volvió errática, un jadeo constante contra el aire helado del cuarto—. Me estás destruyendo, Cem… Estás matando todo lo que quedaba de mí en este lugar…
—Escúchame bien, Amira —le dije al oído, mi voz ronca, cargada de una solemnidad que rayaba en el juramento de sangre. Pegé mis labios a la base de su cuello, sintiendo el latido acelerado de su pulso—. Todo lo que hago, cada maldita farsa que represento ante ese consejo de ancianos, cada noche que paso simulando cumplir con la Sharía, lo hago por una sola razón. Para protegerte. Para mantenerte viva a ti y al hijo que llevas dentro. Si ellos sospechan por un segundo el nivel de devoción que te tengo, si Layla descubre que mi imperio no vale nada comparado con un solo mechón de tu cabello, te destruirán antes de que pueda parpadear. Mi frialdad es tu escudo. Mi distancia es el precio que pago para que sigas respirando. Te voy a proteger de ellos, de mi esposa, de las leyes de mi padre… y si es necesario, te protegeré de ti misma. Pero no te voy a soltar.
Mis palabras parecieron romper la última presa que sostenía el orgullo de Amira. El forcejeo cesó de golpe. Sus manos, que antes me empujaban con violencia, dejaron de oponer resistencia y cayeron inertes sobre mis brazos. Un espasmo recorrió sus hombros, y luego, el silencio del ala norte fue sepultado por el sonido más desgarrador que había escuchado en mi existencia: el llanto de Amira.
Comenzó a llorar. No era un llanto de rabia o de pataleta; eran lágrimas silenciosas y profundas que brotaban de lo más hondo de su alma herida, un desborde de dolor acumulado durante los días de encierro, latigazos y humillación pública. Su pecho subía y bajando con violencia, y pequeños sollozos ahogados escapaban de sus labios, humedeciendo la almohada de tela basta.
Verla llorar de esa manera me partió el alma en mil pedazos. La furia posesiva del Lobo se evaporó, reemplazada por una ternura dolorosa y un remordimiento que me heló la sangre. La giré lentamente entre mis brazos hasta que quedó de frente a mí, acomodando su cabeza en el hueco de mi hombro. Ella no se resistió; simplemente se ovilló contra mi pecho, escondiendo el rostro en mi cuello, buscando de manera inconsciente el calor de mi cuerpo a pesar del odio que profesaba hacia mis actos.
—Llora, mi Mariposa… llora —le susurré, pasando mi mano por su larga cabellera oscura, acariciando las hebras con una lentitud sagrada. Con la otra mano, busqué su espalda, delineando con un cuidado infinito las zonas donde la piel aún se recuperaba de los azotes, evitando presionar las cicatrices—. Saca todo ese veneno. Aquí estás segura. Nadie te va a tocar en este cuarto. Nadie va a venir a exigirte nada.
La abracé con una fuerza protectora, convirtiendo mi cuerpo en una fortaleza de carne y hueso que la aislaba del resto del maldito palacio Al-Fayed. Sentí sus lágrimas calientes empapar el lino de mi camisa, un bautismo de dolor que acepté de buena gana si con ello aliviaba un gramo de su sufrimiento. Mientras la arrullaba en la penumbra, deslicé una de mis manos hacia abajo, posándola con una suavidad reverencial sobre su vientre aún plano. Allí, bajo la seda negra y el calor de nuestra unión, latía el futuro de mi estirpe; un hijo nacido del amor y del pecado que defendería con mi propia vida frente a cualquier ejército que osara oponerse.
Poco a poco, el ritmo de sus sollozos comenzó a disminuir. La respiración de Amira se volvió más pausada, profunda, vencida por el cansancio extremo del llanto y la seguridad involuntaria que mi abrazo le proporcionaba contra el frío del ala norte. Sus dedos se engancharon con debilidad en la tela de mi camisa, como si temiera caer al vacío si me soltaba.
Me quedé inmóvil en la oscuridad, escuchando el silbido del viento del desierto contra los muros de piedra, contemplando el rostro de mi esposa dormida bajo la luz de la luna. Estaba exhausta, rota por las circunstancias de un reino que no comprendía, pero seguía siendo la dueña absoluta de mi existencia. Sabía que al amanecer la guerra política continuaría, que tendría que volver a vestir la máscara del Sultán despiadado y que el calendario volvería a reclamar sus tributos. Pero esta noche, en los confines del ala más alejada del palacio, el Lobo velaría el sueño de su Mariposa, atrapado en una red de amor y culpa de la que jamás querría escapar.







