Mundo ficciónIniciar sesiónEl silencio del ala norte quedó atrás, reemplazado por el murmullo coreografiado y el lujo sofocante de los aposentos de la Gran Sultana. El sol se había ocultado por completo tras las dunas del desierto, tiñendo el cielo de un azul cobalto que anunciaba el inicio formal de mi primera noche bajo el decreto de la equidad. Caminaba por los pasillos con el peso de la abaya de luto arrastrando sobre los mármoles relucientes, sintiendo cada paso como una marcha fúnebre para mi propia dignidad. La ley de la Sharía me obligaba a estar aquí, pero mi mente seguía fija en aquella habitación austera y distante donde Amira descansaba boca abajo, con la piel untada en mirra y el vientre cargado con mi mayor secreto.
Dos eunucos de la guardia privada de Layla me abrieron las pesadas puertas de madera de sándalo incrustada con nácar. Al cruzar el umbral, el ambiente me golpeó los sentidos como una bofetada de opulencia. El aire estaba cargado con el humo denso del incienso más costoso del revendedor de Omán, un olor dulce y pesado que pretendía camuflar la tensión política que habitaba en los muros.
Layla me esperaba de pie junto a la gigantesca cama con dosel de seda carmesí. Se había despojado de las ropas oscuras del comedor y ahora vestía un camisón de raso translúcido del color de la sangre, enjoyada desde el cuello hasta las muñecas con el oro que representaba el pacto con las familias del norte. Su rostro, lavado del maquillaje severo de la tarde, mostraba una sonrisa de triunfo absoluto. Me vio entrar y sus ojos de cobra destellaron al notar la rigidez de mi mandíbula.
—Has cumplido con tu palabra, mi señor —dijo Layla, su voz modulada en esa suavidad teatral que tanto me repugnaba—. El reloj ha marcado la hora y el Sultán regente ha regresado al lecho de su verdadera reina. Temía que el aire rancio del ala norte te hubiera hecho olvidar el camino hacia la legitimidad.
Me despojé de la capa ceremonial sin mirarla, arrojándola sobre un diván de terciopelo. Quedé en una túnica interior blanca, con los puños tensos y el cuerpo rígido como la piedra de los acantilados.
—Estoy aquí porque la ley lo exige, Layla —sentencié, mi voz saliendo en un tono tan bajo y cortante que el eco vibró en las paredes de azulejos—. No tientes a tu suerte repitiendo el nombre de la segunda princesa en esta habitación. He venido a darte la noche que te corresponde por derecho de primogenitura. Cumple con el protocolo y ahórrate las provocaciones.
Layla soltó una risa suave, un sonido felino mientras se acercaba a mí con pasos lentos, haciendo que las cadenas de sus muñecas tintinearan. Ese sonido me revolvió el estómago; me recordó de inmediato el tintineo de las cadenas que Amira había arrojado con tanto desprecio sobre la mesa del comedor, despojándose de mi soberanía con una dignidad salvaje.
—¿Política? ¿Obligación? —murmuró Layla, deteniéndose a escasos centímetros de mi pecho, levantando sus manos enjoyadas para apoyarlas en mis hombros. Sus dedos largos buscaron la nuca de mi cuello, intentando romper la distancia de hielo que yo mantenía—. No me importa el motivo que te traiga a esta cama, Cem. El palacio entero sabe que el Lobo duerme hoy con la hija del norte. Los sirvientes han visto que la latina fue confinada al ala más alejada, despojada de su dote por su propia locura. Has demostrado ante el consejo que ella es solo una distracción y que yo sigo siendo la dueña de tu imperio.
Se inclinó hacia arriba, buscando mis labios con una insistencia hambrienta, dispuesta a reclamar el territorio que consideraba suyo por derecho divino. Su perfume a sándalo pesado me inundó las fosas nasales, provocándome una repulsión física que me obligó a tensar el cuello, desviando el rostro sutilmente para que su beso impactara contra mi mejilla, cerca de la línea de la oreja.
Layla se congeló al notar mi rechazo. Sus manos se tensaron sobre mis hombros y sus ojos se encendieron con una chispa de furia herida.
—¿Me rechazas en mi propia noche? —siseé ella, dando un paso atrás, con la voz temblando de humillación—. La Sharía te obliga a la igualdad en el placer, Cem. No puedes venir a mi habitación a actuar como un cadáver de hielo mientras tu mente sigue sepultada en el ala norte con esa intrusa. ¡Tienes que cumplir como esposo!
—Cumpliré con mi presencia y con mi cuerpo en esta cama, Layla, pero no puedes obligar a mi mente a simular una pasión que morirá con el luto de mi hermano —la corté de golpe, mi voz saliendo con una ferocidad contenida que la hizo retroceder un paso—. Te daré el respeto que tu rango exige ante la ley, pero no me pidas que te mire con los ojos del hombre que fui hace cinco años. Tú destruiste esa pureza el día que mandaste a azotar a la segunda princesa. Ahora siéntate en la cama y guarda silencio.
Me dirigí hacia el gran lecho de dosel, acostándome de espaldas sobre las sábanas de seda carmesí, con los ojos fijos en el techo tallado de madera donde las sombras de las lámparas de aceite dibujaban monstruos en la penumbra. Sostuve mis manos entrelazadas sobre el pecho, adoptando la misma rigidez militar con la que custodiaba las fronteras en los tiempos de guerra.
Layla me miró desde el centro de la habitación, con el rostro distorsionado por una mezcla de odio visceral y desesperación política. Sabía que no podía obligarme por la fuerza a besarla, y que mi sola presencia física en su cuarto era suficiente para cumplir con el requisito legal ante el gran muftí. Con movimientos bruscos, se subió al colchón, apagó la lámpara de aceite principal con un soplido violento y se acostó al otro lado de la inmensidad de la cama, dándome la espalda en un silencio cargado de resentimiento.
La oscuridad se tragó los aposentos, pero la verdadera tortura psicológica comenzó en ese instante.
Cerré los ojos, pero no para dormir. El silencio de la noche se transformó en un espejo que me devolvió cada una de las verdades que Amira me había escupido en la cara unas horas antes. Sus palabras resonaban en mis oídos con la fuerza de un eco eterno: «Pensar que esta noche podrías forzarme a estar contigo, y que en dos días me vas a volver a tocar… después de haber estado en la cama de tu otra esposa… Eso es una aberración, Cem».
Sentí una náusea moral que me quemó las entrañas. Estar acostado en esta cama de seda carmesí, compartiendo el espacio con la mujer que odiaba a mi Mariposa, me hacía sentir el ser más despreciable sobre la faz de la tierra. La tradición de mi padre, la poligamia legal que yo había considerado un recurso brillante para salvar la vida de Amira, se revelaba ahora como una trampa maldita que envilecía mis propios instintos. Tenía el cuerpo en el ala este por obligación del calendario, pero mi alma, mi respiración y el latido salvaje de mi sangre se habían quedado encadenados en el ala norte, vigilando el sueño febril de la mujer que llevaba al verdadero heredero del Lobo en su vientre.
Me pasé los dedos por el rostro en la oscuridad, escuchando la respiración agitada y resentida de Layla al otro lado del colchón, deseando con cada fibra de mi ser que el sol del amanecer rompiera las sombras para poder escapar de esta parodia de matrimonio y regresar al único rincón del palacio donde mi corazón aún respiraba.







