Mundo ficciónIniciar sesiónQuince días exactos habían transcurrido desde que Amira firmara su condena nupcial bajo el amparo de la seda negra. Quince soles que nacieron y murieron sobre las arenas del desierto, y quince noches en las que el palacio Al-Fayed se había convertido en un tablero de ajedrez donde el silencio era el arma más letal. Durante esas dos semanas, el ala norte se transformó en una fortaleza inexpugnable de hielo. Amira se había recluido en su exilio voluntario con una terquedad inquebrantable, negándose con una dignidad feroz a dar su brazo a torcer.
Frente a la corte, ante las sirvientas y bajo el escrutinio de los espías de Layla, nosotros éramos el reflejo de un matrimonio que existía únicamente en el papel. Amira comía lo justo para mantener la vida en sus entrañas, pero cuando yo cruzaba el umbral de su habitación en las noches libres del calendario, me topaba con un muro de piedra. Me permitía abrazarla en la oscuridad, dejaba que mi cuerpo la protegiera del frío rancio de las baldosas, pero su lecho permanecía intacto de la consumación carnal que las leyes reales exigían. Ella no cedía. Su orgullo herido y el asco que le provocaba la idea de compartir mi piel con Layla la mantenían distante, inaccesible, como una reina destronada que prefería la muerte antes que la capitulación ante el Lobo.
Pero nadie en este palacio sabía la verdad que nos unía en las sombras. Nadie conocía el secreto que latía bajo la seda de su túnica. El vientre de Amira albergaba mi herencia, el fruto de nuestra pasión clandestina en Nueva York y bajo las estrellas del canal, antes de que la muerte de Zaid cambiara el destino del reino. Sin embargo, el tiempo corría en nuestra contra con la velocidad de una marea de arena. Las náuseas matutinas de Amira eran cada vez más difíciles de ocultar para Farah, y la palidez de su rostro comenzaba a despertar los susurros de las concubinas en el harén. Si el consejo de ancianos o Layla llegaban a sospechar que el embarazo había comenzado semanas antes de nuestra boda oficial, la acusación de adulterio caería sobre ella como una losa de mármol, destruyendo su vida y la de la criatura.
Tenía que actuar antes de que las hienas olieran la sangre. Tenía que legalizar ese milagro bajo las leyes del Sultanato, utilizando una jugada política tan perfecta que nadie pudiera rebatirla.
La madrugada anterior, utilicé a mis guardias de confianza para traer al palacio a una anciana partera de las tribus del sur, una mujer llamada Fatima cuyas manos habían recibido a tres generaciones de príncipes en las tiendas del desierto. La introduje en el ala norte bajo el más absoluto secreto, lejos de las miradas de los eunucos de mi esposa. Me reuní con ella en la penumbra del pasillo abandonado, clavando mis ojos de obsidiana en sus facciones surcadas de arrugas.
—Escúchame bien, Fatima —le dije, mi voz bajando a un tono ronco, cargado de una autoridad letal que no admitía réplicas—. Vas a examinar a la segunda princesa, Amira. Vas a tocar su vientre y vas a certificar lo que la naturaleza ya ha comenzado. Pero cuando salgas de esa habitación y te presentes ante el consejo de ancianos y la Gran Sultana, vas a mentir sobre las semanas de gestación que tiene. Vas a ignorar el tiempo real. Jurarás por Alá y por la memoria de mis antepasados que ese niño fue concebido exactamente el día de nuestra boda oficial. Si una sola palabra sobre las semanas reales escapa de tus labios, tu estirpe entera pagará el precio en las arenas. Si cumples, el oro que recibirás comprará la libertad de tu tribu por un siglo.
La anciana partera asintió con la cabeza baja, temblando ante el aura del Lobo, comprendiendo que el destino de la dinastía dependía de la falsificación de ese milagro.
El momento del juicio llegó a la mañana siguiente. Convoqué a una sesión extraordinaria en el Salón del Trono Chico, un espacio de paredes de estuco blanco donde el sol de mediodía entraba con una crudeza que no dejaba espacio para las sombras. Los doce ancianos del consejo, encabezados por el viejo Abdul, se sentaron en el semicírculo de madera tallada con los rostros severos de la expectación. A mi derecha, Layla ocupaba su lugar con una rigidez aristocrática, luciendo un vestido de seda esmeralda y oro, con una sonrisa de superioridad que delataba sus intenciones. Ella creía que los quince días de aislamiento de Amira en el ala norte eran la prueba de su fracaso, el inicio del repudio que tanto le había exigido al consejo.
Yo permanecía de pie en el centro del estrado, con las manos entrelazadas en la espalda, manteniendo la máscara del gobernante que aguardaba un trámite de rutina.
—Hemos acudido a vuestro llamado, príncipe regente —declaró Abdul, rompiendo el silencio con su voz ronca y pausada—. Los rumores en el harén dicen que la segunda princesa padece una enfermedad que la mantiene recluida. El consejo exige saber si la viuda de vuestro hermano está en condiciones de cumplir con las obligaciones del contrato o si debemos revisar la legalidad de su estatus ante su persistente rebeldía.
—La princesa Amira no padece ninguna enfermedad, Abdul —respondí, mi voz resonando con una fuerza fría que hizo que Layla entornara los ojos con desconfianza—. Su reclusión en el ala norte ha respondido a un protocolo médico que yo mismo ordené. Para evitar las especulaciones de los pasillos, he traído a la partera real de la corte del sur para que examine su estado ante la ley. Ella está por salir de los aposentos en este instante.
Layla soltó una risa ahogada, un sonido cargado de desprecio que interrumpió el protocolo.
—¿Una partera, Cem? —desafió mi esposa, levantando la barbilla con soberbia—. Quince días han pasado desde que la metiste en esa ala de piedra, quince días en los que tu cama ha respetado la balanza de la Sharía. Todo el palacio sabe que esa latina no es más que un cuerpo débil que no tolera nuestro clima. ¿Qué pretendes que certifique esa anciana? ¿Su incapacidad para darte los herederos que tanto usaste como excusa ante el consejo?
Antes de que pudiera responderle, las pesadas puertas de madera del salón se abrieron lentamente. Fatima, la partera del desierto, ingresó al recinto con pasos pausados, vistiendo sus túnicas oscuras tradicionales y cargando un cuenco de plata con esencias de purificación. Su rostro anciano era indescifrable, una máscara de solemnidad que ocultaba el peso de la mentira que llevaba en la lengua.
El consejo entero se inclinó hacia adelante. Layla cruzó los brazos, esperando el veredicto con una fijeza asesina. Yo mantuve los puños cerrados bajo la túnica, sintiendo que el aire se congelaba en mis pulmones.
Fatima avanzó hasta el centro del salón, se detuvo frente al estrado y realizó una reverencia profunda, tocando el suelo con la frente antes de levantarse y fijar su mirada en el viejo Abdul y en los doce ancianos.
—Hablad, Fatima —ordenó Abdul, extendiendo su mano arrugada—. ¿Cuál es el estado de la segunda princesa del Lobo? ¿Ha bendecido Alá su lecho o nos enfrentamos a la esterilidad de la extranjera?
La partera guardó un silencio dramático, midiendo el peso de cada palabra que iba a pronunciar ante el tribunal del imperio. Levantó el cuenco de plata y miró a la corte con una solemnidad inquebrantable.
—Alá es grande y sus designios son perfectos, honorables guardianes de la ley —comenzó Fatima, su voz ronca pero firme resonando en las bóvedas de estuco—. He examinado el cuerpo de la princesa Amira Al-Fayed con las artes de mis antepasados. He tocado su pulso, he medido el calor de su piel y he escuchado los latidos secretos de su vientre. Vengo ante este consejo a confirmar el embarazo de la segunda esposa del príncipe regente.
Un estallido de murmullos ahogados recorrió el semicírculo de los ancianos. Varios de ellos se enderezaron en sus asientos con expresiones de absoluto impacto, mientras Abdul golpeaba su bastón contra el suelo para exigir orden.
Layla se puso de pie de un salto, con el rostro desencajado por una furia tan monumental que la seda esmeralda de su vestido pareció temblar ante su rabia. Sus ojos de cobra se clavaron en la partera con una fijeza asesina.
—¡Eso es mentira! —rugió Layla, su voz quebrando el protocolo del salón con una violencia histérica—. ¡Es imposible! ¡Esa mujer lleva quince días encerrada en el ala norte actuando como una loca! ¿Cómo pretendes que creamos que está embarazada en tan poco tiempo? ¡Cem apenas ha pisado sus aposentos! ¡Exijo que los médicos de mi estirpe la examinen! ¡Esa anciana está comprada!
—¡Moderad vuestra lengua, Gran Sultana! —le gritó el anciano Malik, interrumpiendo su arrebato con severidad—. Fatima es la partera de las tribus sagradas; sus manos no conocen el engaño ante los textos de la Sharía. Dejad que termine su informe antes de lanzar acusaciones de alta traición.
Abdul miró a la partera, ignorando los jadeos de rabia de Layla, y fijó sus ojos oscuros en las facciones de la anciana.
—Dinos la verdad de las fechas, Fatima —exigió el viejo visir, con un tono analítico que pretendía buscar cualquier fisura—. El consejo firmó el contrato bajo condiciones estrictas sobre la memoria de Zaid. ¿Qué dicen los tiempos de tu examen sobre la concepción de esa criatura?
Fatima sostuvo la mirada del anciano sin pestañear, ejecutando la mentira sagrada con una perfección que me hizo respirar por primera vez en todo el día.
—Las fechas de la sangre y el calor de la matriz son exactas, honorable Abdul —declaró la partera con una firmeza absoluta, su voz resonando como una sentencia divina—. He calculado los ciclos según las lunas del desierto. La ciencia de las parteras no miente: la semilla real fue plantada con éxito en el vientre de la princesa el día exacto de la boda oficial entre el príncipe Cem y la viuda. Fue concebido en esa primera noche de bodas, bajo el amparo del decreto de protección que firmasteis en este mismo salón. El fruto que crece allí dentro tiene quince días de vida, la edad perfecta que corresponde a la unión legítima de la corona.
Las palabras de Fatima cayeron sobre el salón con el peso de una losa de piedra definitiva. Layla dio un paso atrás, dejándose caer en su silla con el rostro pálido, la boca abierta por el horror político de saberse derrotada en su propio juego. Sus manos enjoyadas temblaban sobre sus rodillas; comprendía perfectamente lo que este veredicto significaba. Amira ya no era la latina insolente que podía mandar a azotar en los pasillos; ahora era la madre del futuro del imperio, el vientre más sagrado del Sultanato, protegida por el consejo entero.
Los ancianos comenzaron a asentir entre ellos, con rostros de profunda satisfacción dinástica. El argumento de la sucesión que yo había usado para imponer el matrimonio quedaba sellado por el milagro de la partera.
—Alá ha escuchado las necesidades del trono —declaró el viejo Abdul, poniéndose de pie con solemnidad, mirando hacia el estrado donde yo permanecía inmóvil—. El contrato se ha cumplido antes de lo esperado. Príncipe Cem, el consejo de ancianos ratifica la legitimidad de este embarazo. La princesa Amira queda bajo la custodia prioritaria del ejército real. Y recordad la ley que firmamos hace dos semanas: si ese fruto llega a ser un niño, un varón herederos de vuestra sangre, llevará el nombre de vuestro hermano fallecido, Zaid. El linaje de la corona está a salvo.
—Se cumplirá con la ley del consejo, Abdul —respondí, mi voz saliendo firme, ocultando el triunfo salvaje que me rugía en el pecho al ver la humillación de Layla y la victoria de mi estrategia—. Preparad los edictos de protección real. Que todo el harén sepa que el vientre de la segunda princesa es intocable a partir de este instante.
Los ancianos hicieron reverencias solemnes y comenzaron a retirarse del salón con pasos lentos, dejando a Layla y a mí en la inmensidad del espacio de estuco. Mi esposa me miró con un odio tan puro que pareció distorsionar el aire entre los dos, se levantó sin hacer la reverencia de estado y salió azotando las puertas, derrotada por la mentira que acababa de blindar a su enemiga.
Me quedé solo en el estrado, mirando hacia el ventanal que daba al ala norte. La jugada había sido perfecta; el embarazo de Amira era oficial, legal y sagrado ante los ojos del imperio, concebido falsamente el día de nuestra boda para limpiar su pasado. Sonreí con una amargura fría, sabiendo que las cadenas se habían cerrado de forma definitiva. Amira seguía sin dar su brazo a torcer en mi cama, seguía odiando mis tradiciones y mi corona, pero a partir de hoy, el mundo entero creía que su cuerpo me pertenecía por completo, y yo me encargaría de que esa mentira se convirtiera en realidad, noche tras noche, hasta que su orgullo se doblegara ante el Lobo que custodiaba su vida.







