Quince días exactos habían transcurrido desde que Amira firmara su condena nupcial bajo el amparo de la seda negra. Quince soles que nacieron y murieron sobre las arenas del desierto, y quince noches en las que el palacio Al-Fayed se había convertido en un tablero de ajedrez donde el silencio era el arma más letal. Durante esas dos semanas, el ala norte se transformó en una fortaleza inexpugnable de hielo. Amira se había recluido en su exilio voluntario con una terquedad inquebrantable, negándo