Mundo ficciónIniciar sesiónEl silencio que siguió a su partida del Gran Comedor fue un golpe más ruidoso que el estruendo del oro que había arrojado sobre la mesa. Nadie se atrevía a respirar. Layla permanecía con los labios apretados en una línea fina, el pecho subiendo y bajando con una indignación que le encendía las mejillas, mientras los ancianos del consejo cruzaban miradas de absoluta estupefacción. El viejo Abdul seguía con la mano suspendida sobre su bastón de plata, congelado por la astucia legal con la que una extranjera, una mujer que ellos consideraban una simple mercancía, los había desarmado en su propio terreno.
Miré el montón de oro que brillaba maldito sobre el lino negro. Esas cadenas debían ser el símbolo de su sujeción a mi estirpe, el seguro de su valor ante el imperio Al-Fayed, y ahora no eran más que un recordatorio de que Amira prefería la indigencia y el aislamiento antes que aceptar un solo beneficio de mi mano.
—Esto… esto es un desafío intolerable a la autoridad del harén y del Sultanato —siseó Malik, rompiendo finalmente el letargo de la sala, con su voz temblando de rabia—. Príncipe regente, no podéis permitir que una esposa actúe con semejante rebeldía. Donar la dote es un insulto a vuestro linaje. Exigir el ala norte es un capricho que rompe la armonía del palacio.
—Silencio, Malik —ordené. Mi voz no fue un rugido, sino un susurro gélido que cortó el aire como el filo de una cimitarra. Me puse de pie lentamente, ajustando la abaya negra sobre mis hombros—. La princesa Amira ha citado la ley de la Sharía con exactitud. El Mahr es suyo. Si su deseo es entregarlo a los huérfanos de las provincias, la corona no se rebajará a litigar por monedas que ya han sido entregadas. En cuanto a su traslado… se hará exactamente como ella lo ha solicitado.
—¿Vais a ceder a sus exigencias, Cem? —intervino Layla, su voz cargada de un veneno agudo que pretendía buscar mi complicidad—. ¿Vas a permitir que se esconda en los confines del palacio como si fuera una soberana independiente? Te recuerdo que hoy es mi noche, y la equidad que aceptaste ante el consejo exige que tu presencia esté en mis aposentos, no persiguiendo a una latina histérica por los pasillos abandonados del ala norte.
Giré la cabeza hacia ella, clavando mis ojos de obsidiana en su rostro. La posesividad salvaje que me quemaba por dentro ante el desprecio de Amira se transformó en una frialdad absoluta hacia la mujer que compartía mi título legal.
—Cumpliré con la ley de la equidad, Layla —sentencié, mi tono desprovisto de cualquier rastro de calidez—. Estaré en tus aposentos cuando el sol se oculte. Pero no vuelvas a dictar mis movimientos ni a provocar a la segunda princesa en mi mesa. El orden del palacio lo mantengo yo, no tus celos.
Sin esperar una réplica, di la vuelta y abandoné el comedor a grandes zancadas. El restallar de mis botas contra el mármol marcaba el ritmo de una furia sorda que me arañaba el pecho. Crucé el patio de los naranjos y me dirigí de inmediato hacia el ala norte, el sector más antiguo y descuidado de la mansión real, un lugar donde las paredes de piedra pesada apenas recibían la luz del sol y donde el aire siempre olía a polvo y a secretos guardados durante generaciones.
Cuando alcancé el pasillo del ala norte, el eco de los pasos de las sirvientas me guio hacia la última habitación del corredor. Cuatro criadas sudaban bajo el peso de los baúles vacíos, mientras Farah supervisaba el traslado con el rostro pálido. Amira ya estaba allí.
Se había plantado junto a la ventana estrecha de arco de piedra, contemplando el paisaje árido que se extendía más allá de los muros de la mansión. La túnica de seda negra nupcial colgaba de su cuerpo con una elegancia trágica. Ya no llevaba las joyas de oro en sus tobillos; su piel blanca estaba desnuda, expuesta al frío de las baldosas de piedra que no tenían alfombras que las cubrieran. La habitación era austera, casi un calabozo de lujo: una cama de madera sencilla, una mesa auxiliar y paredes desnudas de azulejos. El ala más alejada. El exilio voluntario dentro de mi propio territorio.
—Dejadnos solos —ordené a las sirvientas, deteniéndome bajo el umbral.
Farah hizo una rápida reverencia y arrastró a las demás muchachas fuera del cuarto, cerrando la pesada puerta de madera detrás de ellas. El sonido del pestillo al encajar nos dejó sumergidos en un silencio sepulcral, roto únicamente por el silbido del viento del desierto que se colaba por las rendijas de la ventana.
Amira no se giró. Permaneció de espaldas a mí, con los hombros tensos y las manos apoyadas en el alféizar de piedra. Sabía perfectamente quién estaba allí; mi aroma a sándalo y la pesadez de mi aura delataban mi presencia a leguas, pero se negaba a regalarme siquiera una mirada.
—Has conseguido lo que querías ante el consejo —comencé, mi voz resonando ronca en la inmensidad del cuarto vacío—. Has humillado a Layla, has dejado a los ancianos sin argumentos legales y has regalado una dote que hubiera comprado una provincia entera. ¿Te hace sentir más libre este trozo de piedra fría, Amira?
Lentamente, ella giró la cabeza sobre el hombro. Su rostro, desprovisto de cualquier rastro de la sonrisa burlona del comedor, mostraba la cruda realidad de su declive. La palidez de su piel era extrema, y el esfuerzo de haber caminado hasta este extremo del palacio la tenía respirando de forma entrecortada. Sin embargo, sus ojos oscuros me miraron con una fijeza que me heló la sangre.
—Me hace sentir lejos de ti, Cem —respondió, su voz saliendo baja, firme, como un veredicto inapelable—. Y en este momento, eso es lo único que mantiene mi cordura intacta. Preferiría morir de frío en esta esquina del palacio antes que respirar el mismo aire que tu primera esposa o esperar a que el reloj dicte cuándo tienes derecho a reclamar mi cuerpo por el bendito calendario de tu ley.
Di dos pasos rápidos hacia ella, la posesividad animal despertando con una violencia que me costó contener. Quería atraparla, pegarla contra mi pecho, obligarla a entender que todo este despliegue de crueldad y política era el único método que tenía para evitar que el consejo la ejecutara por el pecado de nuestro encuentro en Nueva York. Quería tocar su vientre, sentir el latido de la criatura que compartía nuestra sangre y asegurarle que ese hijo sería el dueño de mi imperio, sin importar el nombre que los ancianos quisieran imponerle.
Pero me detuve a un metro de distancia. El recuerdo de mi propia bofetada en su mejilla y la fragilidad de su espalda herida se interpusieron entre los dos como una barrera de espinas.
—Sabes perfectamente que la equidad de las noches es una pantalla, latina —siseé, apretando los dientes, controlando el temblor de mis manos—. Layla tiene el respaldo de las familias del norte. Si no cumplo con el protocolo de la Sharía en el harén, los visires usarán mi favoritismo para declarar la nulidad de nuestro contrato y despojarte de la protección del Lobo. Mi presencia en su cama hoy es un trámite político, no una elección de mi corazón.
Amira soltó un suspiro seco, una risa ahogada que denotó el cansancio absoluto de su alma. Se despegó de la ventana y caminó hacia la cama sencilla, arrastrando sus pies descalzos sobre la piedra fría, sentándose en el borde con un movimiento que delató el mareo que volvía a nublarle la vista. Se llevó una mano al estómago de forma instintiva, un gesto sutil que solo mis ojos de cazador alcanzaron a percibir, antes de mirarme de nuevo con un desprecio gélido.
—Ahorrate tus discursos de estado, Cem —sentenció ella, cruzando los brazos sobre la seda negra—. No me importa si es política, si es un trámite o si es el protocolo de tus antepasados. Para mí, el resultado es el mismo. Vas a salir de este cuarto para acostarte con la mujer que ordenó que me azotaran la espalda. Vas a besar los labios de la Sultana que me llamó impura en la plaza, y en dos días pretenderás regresar a esta ala a pedirme que me entregue a ti porque el calendario dice que es mi turno. Eso es lo que eres, futuro Sultán. Un hombre que divide sus noches por obligación y que pretende que yo sea el secreto agradecido de sus sombras. No voy a ser parte de esa asquerosidad.
Me quedé estático, mirándola en el centro de esa habitación vacía, sintiendo que cada una de sus palabras destruía un trozo de la soberbia con la que yo gobernaba el reino. Tenía el anillo del Lobo, el control del ejército y la firma del consejo, pero frente a esta mujer descalza y debilitada, me sentía el ser más impotente de la creación. La sospecha de su embarazo, la certeza de que llevaba al heredero de mi sangre en su interior, me obligaba a mantener las cadenas de la ley para protegerla, pero esas mismas cadenas la alejaban de mí a cada segundo, transformándome en el monstruo de sus pesadillas.
—Come, Amira —dije finalmente, mi voz saliendo en un tono bajo, carente de la fuerza imperiosa de antes—. No me importa cuánto me odies, ni cuánta distancia pongas entre nuestras habitaciones. Pero vas a tragar cada bocado que Farah te traiga. Si el médico me informa que sigues perdiendo peso o que tu cuerpo flaquea, vendré yo mismo a encadenarte a esta cama y a forzarte a comer. Protege lo que llevas dentro, aunque consideres que este palacio es tu condena.
Amira no respondió. Se acostó lentamente de lado sobre el colchón sencillo, dándome la espalda una vez más, ocultando su rostro entre las sábanas ásperas del ala norte. Las líneas heridas de su espalda se dibujaron bajo la seda negra, un testimonio silencioso de la brutalidad que rodeaba su nueva vida como esposa real.
Di la vuelta con el corazón convertido en piedra. Crucé el umbral del cuarto abandonado, escuchando el sonido de la puerta al cerrarse detrás de mí, sellando su exilio voluntario. Caminé por los pasillos oscuros del ala norte hacia mis propios aposentos, sintiendo que el luto por mi hermano Zaid no era nada comparado con la muerte lenta del amor que alguna vez había encendido los ojos de mi hermosa Mariposa latina. La noche avanzaba, el calendario de la Sharía reclamaba mi presencia en el lecho de Layla, y yo avanzaba hacia el cumplimiento de la ley con el alma rota y el sabor de la culpa amargándome los labios bajo la luz de las estrellas del desierto.







