El silencio que siguió a su partida del Gran Comedor fue un golpe más ruidoso que el estruendo del oro que había arrojado sobre la mesa. Nadie se atrevía a respirar. Layla permanecía con los labios apretados en una línea fina, el pecho subiendo y bajando con una indignación que le encendía las mejillas, mientras los ancianos del consejo cruzaban miradas de absoluta estupefacción. El viejo Abdul seguía con la mano suspendida sobre su bastón de plata, congelado por la astucia legal con la que una