cap 27

El Gran Comedor de gala amaneció sumergido en una atmósfera asfixiante, donde el tintineo de la platería real parecía el preludio de una ejecución pública. Los cuarenta días de luto oficial por mi hermano Zaid obligaban a que las fastuosas mesas del palacio se vistieran con mantelerías de lino negro y vajillas de porcelana oscura, desprovistas de cualquier adorno ostentoso. Sentado en la cabecera del banquete, vistiendo mi túnica de estado y con el anillo del Lobo pesando en mi mano derecha, yo observaba el umbral con una fijeza que rozaba la locura.

A mi izquierda, los doce miembros del consejo de ancianos, presididos por el viejo Abdul, ocupaban sus asientos con la rigidez habitual de los jueces dinásticos. A mi derecha, la Sultana Layla se erguía con una superioridad teatral, luciendo sus mejores joyas familiares sobre sus ropas oscuras, como si la muerte de mi hermano hubiera sido el escenario perfecto para consolidar su primogenitura ante la corte.

De pronto, los ujieres de la puerta se tensaron y el murmullo de los sirvientes se extinguió por completo.

Amira ingresó al comedor.

Un eco de desaprobación silenciosa recorrió la mesa. Las miradas de los ancianos se clavaron en ella como dagas afiladas, juzgando cada uno de sus movimientos. Obligada por el protocolo del harén que Layla supervisaba con mano de hierro, Amira vestía la túnica de seda negra nupcial de las segundas esposas, un ropaje que, a pesar de su elegancia forzada, revelaba la alarmante fragilidad de su silueta. Caminaba con una lentitud calculada; sus tobillos, rodeados por las pesadas cadenas de dote de oro que yo mismo había ordenado fundir para su seguridad, tintineaban contra el mármol pulido, un sonido rítmico que parecía contar los segundos de su humillación.

Estaba pálida, con sutiles sombras grisáceas bajo sus ojos oscuros que delataban la noche de dolor y el secreto de su embarazo que ahora nos unía en la oscuridad. Sin embargo, no había sumisión en su rostro. La marca de mi bofetada en su mejilla derecha se ocultaba apenas bajo un ungüento cosmético, pero la fijeza gélida de su mirada demostraba que su orgullo seguía intacto.

Yo la miraba fijamente, devorando su presencia con una mezcla de posesividad animal y un remordimiento que me quemaba las entrañas. Sin embargo, mantuve los labios sellados. No dije nada. En este nido de víboras políticas, cualquier muestra pública de debilidad o favoritismo de mi parte hacia la latina sería utilizada por Layla y el consejo para destruirla. Mi silencio era su único escudo, aunque ella lo interpretara como la más fría de las indiferencias.

Amira avanzó hasta el extremo opuesto de la mesa, apartó la silla con un movimiento firme que hizo protestar las cadenas de sus tobillos, y se sentó sin pedir permiso ni hacer la reverencia de rigor al Sultán regente. Los ancianos fruncieron el ceño, pero ella los ignoró. Tomó los cubiertos y, para mi sorpresa, comenzó a comer. Con una determinación que me dio un vuelco en el pecho, devoró las rebanadas de pan de higo, la avena con miel y el agua limpia. Sabía que lo hacía por el hijo que llevaba dentro, obligando a su cuerpo debilitado a asimilar el alimento para proteger la semilla del Lobo, ignorando el veneno ambiental que la rodeaba.

Layla, incapaz de soportar la aparente tranquilidad de la nueva esposa y ansiosa por marcar el inicio del calendario de la Sharía que habíamos pactado la noche anterior, dejó caer su copa de plata sobre la mesa con un golpe seco. Sus ojos de cobra destellaron con una malicia insoportable.

—Disfruta de tu desayuno, segunda esposa —soltó Layla, arrastrando las palabras con una suavidad ponzoñosa que pretendía ser un látigo público—. Espero que tus aposentos hayan sido de tu agrado durante tu primera noche oficial bajo el nombre de los Al-Fayed. Solo quería recordarte, ante los honorables miembros del consejo, que el orden del palacio debe respetarse. Hoy es mi noche. Según las sagradas leyes de la equidad, Cem dormirá conmigo hoy. Su cuerpo, su tiempo y su lecho me pertenecen por derecho de primogenitura. Espero que recuerdes tu lugar en la sombra y no pretendas buscar favores que no te corresponden.

Un silencio espeso cayó sobre el comedor. Los ancianos asintieron levemente, respaldando la declaración legal de la Gran Sultana. Yo apreté los puños debajo de la mesa, sintiendo que la rabia me nublaba la vista ante la provocación de mi esposa, dispuesto a callarla de un rugido.

Pero no hizo falta.

Amira detuvo su cubierto en el aire. Lentamente, levantó el rostro y miró a Layla. En lugar de mostrar la sumisión herida, los celos o las lágrimas que mi esposa esperaba ver, las comisuras de sus labios se curvaron. Amira sonrió. Fue una sonrisa ligera, vacía de calidez, pero cargada de una soberbia y un desprecio tan monumentales que desarmó por completo la altivez de la Sultana.

Giró la cabeza hacia el semicírculo de los ancianos y luego fijó sus ojos oscuros en Layla, soltando una pequeña risa que resonó en las bóvedas del comedor.

—¿Crees que me importa con quién duerme tu esposo, Layla? —preguntó Amira, su voz saliendo clara, firme y desprovista de cualquier temor—. Si quieres que duerma contigo esta noche, por mí puedes quedarte con él. Es más, si quieres, quédatelo toda la noche, todas las semanas, toda la vida si se te antoja. Te lo regalo con corona y todo. A mí me da exactamente igual lo que haga con su cuerpo en tu lecho.

—¡Basta de insolencias, mujer! —intervino Malik, poniéndose de pie de golpe y golpeando la mesa con el puño, con el rostro encendido de rabia por el desprecio a las tradiciones del harén—. ¡Estás ante el Sultán regente de la nación y ante los guardianes de la ley sagrada! ¡Modera tu lengua extranjera o aprenderás el peso de la disciplina del consejo por tus faltas de respeto al matrimonio real!

Amira no se inmutó ante los gritos del anciano. Al contrario, ensanchó su sonrisa amarga, una mueca de pura burla hacia la solemnidad de nuestras leyes, y dejó caer los cubiertos sobre la porcelana oscura con un eco definitivo.

Se puso de pie con lentitud, estirando su cuerpo esbelto y dejando que la seda negra de su túnica flotara a su alrededor. Miró por encima de los hombros de los ancianos, ignorando mi figura como si yo fuera un fantasma invisible en la cabecera de la mesa, y clavó sus ojos en los sirvientes reales que aguardaban en los pasillos laterales.

—Ya que estamos regulando mi nueva vida como mercancía oficial de este palacio, hagamos las cosas correctamente —declaró Amira en voz alta, su tono imperioso resonando en todo el comedor—. Escuchadme bien vosotros. Exijo que las criadas trasladen mis pertenencias hoy mismo al ala más alejada del palacio. Quiero la habitación que esté más distante de los aposentos del Sultán y de la Sultana Layla. No quiero compartir pasillos, ni olores, ni la cercanía de sus vidas.

Los ancianos se miraron entre sí, escandalizados por la demanda de aislamiento voluntario, un hecho sin precedentes para una nueva novia real. Pero Amira no había terminado. Llevó sus manos hacia sus tobillos y, con un movimiento brusco y decidido, desabrochó los pesados cierres de las cadenas de dote de oro que rodeaban su piel. Las levantó en el aire, dejando que el metal precioso brillara bajo la luz de las lámparas, y las arrojó con desprecio sobre la mesa de mantelería negra, justo frente al visir de finanzas.

El oro impactó con un estruendo metálico que horrorizó a la corte.

—Y en cuanto a esto… el oro de la dote que vuestro nuevo contrato estipula para mí —sentenció Amira, fijando sus ojos en el viejo Abdul—, ordeno que sea donado en su totalidad a los orfanatos de las provincias del sur del desierto. No quiero un solo gramo de vuestro dinero manchado de sangre en mis manos. No necesito vuestro oro para saber quién soy.

—¡Esto es una locura, princesa Amira! —exclamó el anciano Abdul, poniéndose de pie con el rostro desencajado y apoyándose con fuerza en su bastón de plata—. ¡La dote real es un fondo sagrado que asegura vuestra posición y el honor de vuestra familia ante el Sultanato! No podéis deshaceros de vuestros bienes de esa manera tan ligera ante el consejo. Es un insulto a la generosidad de la corona.

Amira caminó tres pasos hacia el centro del comedor, plantándose frente a Abdul con una fijeza implacable, mostrando la lucidez de quien había estudiado las fisuras de nuestro propio sistema legal para usarlas como un arma de subversión.

—¿Una locura, Abdul? —replicó ella, su voz bajando a un tono sibilante que silenció el recinto—. Revisad vuestras amadas leyes de la Sharía antes de gritarme. La ley islámica establece claramente que el Mahr, la dote que el esposo entrega a la novia en el matrimonio, es propiedad exclusiva y absoluta de la mujer. Es mi dinero, Abdul. Me pertenece ante vuestros textos sagrados y ante vuestros tribunales de estado. Y dado que es mío, la ley me otorga el derecho indiscutible de gastarlo, regalarlo o donarlo a quien se me dé la maldita gana sin pedirle permiso al consejo ni al Sultán. ¿Vais a violar vuestros propios códigos religiosos para arrebatarle el dinero a una esposa?

Abdul se quedó con la boca abierta, incapaz de articular una sola palabra de réplica legal. Los visires se miraron entre sí con impotencia, dándose cuenta de que la latina los había acorralado utilizando las mismas escrituras que ellos usaban para someterla.

Amira giró sobre sus talones con un movimiento lleno de una dignidad salvaje, dándole la espalda al consejo, a Layla y a mí. Caminó hacia la doble puerta de salida, con el restallar de su seda negra nupcial flotando tras sus pasos libres de las cadenas de oro. Cruzó el umbral sin mirar atrás una sola vez, abandonando el comedor en medio de un silencio de muerte.

Me quedé estático en la cabecera de la mesa, con el rostro rígido como el mármol, pero con un volcán de emociones explotándome en el pecho. Layla respiraba agitadamente a mi derecha, humillada por la indiferencia absoluta de la mujer a la que pretendía celar, mientras los ancianos murmuraban escandalizados entre ellos sobre la audacia de la nueva princesa.

Yo miré el montón de cadenas de oro que Amira había dejado tiradas sobre el lino negro de la mesa. En lo más profundo de mi ser de Lobo, una mezcla de furia posesiva y un respeto reacio y violento me recorrió las venas. Ella me odiaba; rechazaba mi cama, despreciaba mi dinero y escupía sobre la corona que yo portaba. Pero al despojarse del oro y exigir el ala más alejada del palacio, Amira acababa de demostrar que no era una prisionera sumisa que pudiera controlar con el calendario de la Sharía. Se estaba convirtiendo en la reina de su propio aislamiento, protegiendo a mi hijo en las sombras de una fortaleza que yo mismo tendría que aprender a derribar si quería recuperar su cuerpo y su alma.

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