El Gran Comedor de gala amaneció sumergido en una atmósfera asfixiante, donde el tintineo de la platería real parecía el preludio de una ejecución pública. Los cuarenta días de luto oficial por mi hermano Zaid obligaban a que las fastuosas mesas del palacio se vistieran con mantelerías de lino negro y vajillas de porcelana oscura, desprovistas de cualquier adorno ostentoso. Sentado en la cabecera del banquete, vistiendo mi túnica de estado y con el anillo del Lobo pesando en mi mano derecha, yo