cap 22

El tañido lúgubre de las campanas de bronce de la gran mezquita real comenzó a resonar por todo el valle, quebrando el silencio de la madrugada con una cadencia de muerte. El sonido, pesado y definitivo, se extendió como un manto de ceniza sobre los techos de la ciudad. El príncipe Zaid Al-Fayed había dejado de respirar. Las máquinas en el ala médica finalmente habían dado el pitido largo y plano de la rendición, y con ello, el Sultanato entero se sumergía de inmediato en un luto oficial de cuarenta días. Las banderas del Lobo negro se izaron a media asta, y el clamor de un pueblo que lloraba a su príncipe comenzó a filtrarse por los muros de la mansión.

Yo me encontraba de pie en el Salón del Trono Alto, con el rostro rígido, vistiendo la abaya negra ceremonial de los tiempos de guerra, bordada con hilos de plata oscura en los puños. La muerte de mi hermano de sangre me causaba un vacío innegable, un peso en el pecho por los años de infancia compartidos, pero el líder político dentro de mí no tenía tiempo para derramar lágrimas. Sabía que la muerte de Zaid no era el fin de la tormenta, sino el catalizador que desataría a las hienas del consejo de ancianos.

Las enormes puertas de roble se abrieron y los doce miembros del consejo ingresaron en silencio, con sus ropas de luto y las cabezas cubiertas. Sus rostros, surcados de arrugas y severidad, no reflejaban dolor, sino una urgencia matemática y legal. Se sentaron en el semicírculo de piedra, clavando sus ojos calculadores en mí.

—La nación llora la pérdida de vuestro hermano, príncipe regente —comenzó el anciano Abdul, rompiendo el silencio con su voz ronca—. Alá ha decidido reclamar el alma de Zaid, y nuestro deber ahora es asegurar que el imperio no flaquee ante el luto. La estabilidad dinástica debe ser nuestra prioridad absoluta antes de que el cuerpo de vuestro hermano sea entregado a la tierra del desierto.

—El Sultanato se mantendrá firme, Abdul —respondí, mi voz resonando con una fuerza fría que pretendía marcar mi territorio desde el primer segundo—. Yo sostengo las riendas del trono, y la muerte de mi hermano no cambiará la soberanía de los Al-Fayed. Hablad de los asuntos urgentes y dejad los lamentos para el pueblo.

El anciano Malik dio un paso al frente, entornando sus ojos de serpiente.

—Hay un asunto legal que la muerte de Zaid deja en el aire de forma inmediata, mi señor —soltó Malik con una frialdad que me encendió las alarmas—. ¿Qué pasará con la viuda extranjera? El contrato que vuestro difunto padre firmó con Occidente estipulaba que ella pertenecía a la rama familiar de Zaid. Ahora que él está muerto, ella ha dejado de ser una esposa para convertirse en una carga política. Ya habéis visto su comportamiento en la plaza norte; no tiene disciplina, no respeta nuestras leyes y su presencia solo alimenta los rumores de deshonra en la corte.

—La ley de la Sharía es clara en estos casos —intervino el visir de las leyes dinásticas, acariciándose la barba gris—. Una viuda extranjera, sin hijos y sin la protección de un esposo vivo, pierde su estatus de realeza de forma inmediata. Proponemos que se tome una decisión hoy mismo. Lo más sensato para el honor del palacio es despojarla de sus títulos, confiscar los bienes del contrato y enviarla de regreso a su país natal en el próximo vuelo nocturno, o bien, recluirla en el monasterio de las viudas de la dinastía como sugirió Malik en la sesión anterior. No podemos permitir que una mujer soltera y sin control camine por el harén.

Escuchar sus propuestas me provocó un vuelco violento en el estómago. *Enviarla de regreso. Recluirla. Sacarla de mi vida.* La sola idea de que Amira fuera expulsada del reino, alejándola de mis brazos para siempre, o que terminara encerrada en un calabozo de piedra subterráneo me causó un pánico primitivo que amenazó con derribar mi máscara de mármol. Ella estaba débil, su cuerpo apenas asimilaba el alimento en su habitación, y su vientre… ese vientre que me quitaba el sueño con la sospecha de un embarazo que yo deseaba con desesperación animal, estaba en peligro inminente si quedaba desprotegida ante las leyes del consejo.

Layla, mi esposa, usaría su expulsión para mandar a matarla en el trayecto, o el consejo la destruiría legalmente para limpiar la supuesta "mancha" de la plaza norte. Tenía que mover mi pieza en el tablero ahora mismo. Tenía que dar un golpe de estado interno tan brutal y absoluto que nadie pudiera contradecirme, uniendo mi posición política con la pasión obsesiva que me quemaba la sangre por mi Mariposa latina.

Me adelanté tres pasos, bajando las escaleras del estrado del trono, deteniéndome en el centro exacto del salón. El aura del Lobo se expandió por el espacio, haciendo que los ancianos se tensaran en sus asientos.

—No habrá expulsión ni reclusión para la viuda de mi hermano —sentenció mi voz, un trueno de autoridad indiscutible que congeló el aire de la sala—. El contrato de mi padre se respeta hasta el último miligramo de oro, y la dignidad de la corona no se tambaleará ante la muerte. En un uso legítimo de las leyes ancestrales del desierto, y bajo la ordenanza sagrada que permite al Sultán regente reclamar y proteger el linaje de su hermano fallecido… yo reclamo a Amira como mi segunda esposa legítima a partir de este preciso instante.

El silencio que cayó sobre el Salón del Trono Alto fue tan denso que podía cortarse con el filo de una daga. Los ancianos se miraron entre sí con expresiones de absoluto shock, incredulidad y horror legal. Nadie, ni el más astuto de los visires, se había esperado un movimiento de tal magnitud. Tomar a la viuda de mi hermano como mi segunda esposa significaba elevarla de nuevo al estatus de reina, colocarla bajo mi protección directa y desafiar el control que el consejo pretendía tener sobre el harén.

—¡Eso es una locura, príncipe Cem! —exclamó Malik, poniéndose de pie con el rostro desencajado—. ¡Esa mujer es una impura! Acaba de deshonrar a la familia en la vía pública hace unos días, y vos pretendéis sentarla a vuestro lado en el trono de la regencia. La Gran Sultana Layla es vuestra esposa legítima, la mujer que representa la pureza de nuestra sangre y el pacto con las familias del norte. ¿Cómo vais a justificar ante el pueblo la introducción de esta latina en vuestro lecho de estado?

Me acerqué a Malik, deteniéndome a escasos centímetros de su rostro, dejando que el frío asesino de mis ojos lo obligara a dar un paso atrás.

—Lo justifico con la realidad de mi dinastía, Malik —siseé, mi voz bajando a un tono ronco, letal y cargado de un veneno político que llevaba guardado durante años—. La Gran Sultana Layla ha compartido mi cama durante cinco años, y hasta el día de hoy, no ha sido capaz de darme más hijos que aseguren la línea de sucesión de forma definitiva. El trono necesita herederos, la corona exige sangre joven que sostenga el imperio cuando yo ya no esté, y Layla ha demostrado esterilidad en su vientre para los planes del consejo. Amira, en cambio, es joven, fuerte y su fertilidad es la promesa que este reino necesita. Ella me dará los hijos que mi primera esposa no ha podido concebir.

Mis palabras cayeron como un hachazo sobre la mesa del consejo. Mencionar la falta de descendencia de Layla era tocar el punto más débil de la política del palacio. Los ancianos comenzaron a murmurar entre ellos, sopesando la legalidad y la conveniencia de mi declaración. Sabían que yo tenía el derecho absoluto como Sultán regente de tomar hasta cuatro esposas según las leyes antiguas, y el argumento de la sucesión era una pared de piedra contra la que no podían chocar.

El anciano Abdul se levantó lentamente, apoyándose en su bastón de plata, mirándome con una mezcla de respeto reacio y astucia política. Su rostro arrugado se contrajo en una mueca de pura estrategia legal.

—Vuestro argumento sobre la sucesión es válido ante la ley de Alá, príncipe Cem —comenzó Abdul, midiendo cada una de sus palabras—. Un Sultán necesita herederos, y si la Gran Sultana no ha bendecido vuestro lecho con la abundancia de la descendencia, tenéis el derecho de buscar otra mujer. Sin embargo, este consejo no aceptará que la memoria de vuestro hermano Zaid sea borrada por la llegada de una nueva esposa a vuestros aposentos.

Abdul dio un paso hacia el centro del salón, fijando sus ojos oscuros en los míos, revelando la condición que el consejo impondría a mi desesperado movimiento pasional.

—Si reclamáis a la viuda como vuestra segunda esposa bajo la ley de protección de hermandad, y si es verdad lo que decís sobre su fertilidad… aceptaremos el matrimonio —sentenció el anciano con solemnidad—. Pero escuchad bien la ley del consejo, futuro Sultán: si esa mujer llega a quedar embarazada en vuestro lecho, y si el fruto de su vientre llega a ser un niño, un varón varón que herede vuestra sangre, ese niño no llevará vuestro nombre como primogénito exclusivo. Ese niño deberá llevar el nombre de vuestro hermano fallecido, **Zaid**. Será el heredero varón que Zaid nunca pudo tener en vida, y su nacimiento limpiará la memoria de su rama familiar ante el imperio. Esa es la condición innegable del consejo de ancianos para firmar el nuevo contrato matrimonial.

Sentí un destello de furia posesiva en el pecho. *Darle a mi hijo, al fruto de mi pasión secreta con Amira, el nombre de mi hermano muerto.* Era una jugada astuta del consejo para mantener el equilibrio de las facciones dinásticas, obligándome a rendir tributo a la memoria del hombre que compartía el nombre legal del contrato de Amira. Quería rugir un "no" rotundo, declarar que mis hijos llevarían el nombre del Lobo que los había engendrado y de nadie más. Pero al mirar los rostros determinados de los doce ancianos, comprendí que este era el precio de su supervivencia.

Si aceptaba la condición, Amira quedaba blindada. Layla no podría tocarla sin cometer alta traición contra un embarazo real protegido por el consejo, y los guardias reales tendrían la obligación de custodiar su vida con el mismo celo con el que custodiaban la mía. Era el escudo perfecto disfrazado de cadena dinástica.

—Acepto —respondí tras un largo silencio, forzando a mi voz a sonar solemne y definitiva—. Si Amira me da un hijo varón, llevará el nombre de mi hermano Zaid. El contrato queda sellado hoy bajo mi firma y el sello del Lobo. Preparad los documentos de la unión inmediata. No habrá celebraciones públicas por el luto de Zaid, pero ella será declarada mi segunda esposa ante la ley antes de que termine el día.

Los ancianos asintieron con reverencias solemnes, recogiendo sus pergaminos y retirándose del salón con pasos lentos, dejándome finalmente solo en la inmensidad del espacio de mármol.

Me quedé estático en el centro de la sala, con el corazón latiéndome a una velocidad vertiginosa. Había ganado la primera batalla legal, pero sabía que el verdadero infierno me esperaba en el ala este. Amira me odiaba; todavía llevaba la marca de mi bofetada en su mejilla y los azotes de Layla en su espalda. Estaba débil, enferma, y ahora tendría que comunicarle que, por mi propia orden, dejaba de ser la viuda prisionera para convertirse en la mujer que compartiría mi corona ante el mundo entero.

Caminé hacia la salida del salón, con la abaya negra flotando a mi alrededor, sintiendo que el miedo y los celos que me habían dominado en el pasillo se transformaban ahora en una determinación absoluta: Amira sería mía ante la ley, ante los hombres y ante Alá, y ni la muerte de mi hermano ni el veneno de mi esposa lograrían arrancarla de mi lado.

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