El tañido lúgubre de las campanas de bronce de la gran mezquita real comenzó a resonar por todo el valle, quebrando el silencio de la madrugada con una cadencia de muerte. El sonido, pesado y definitivo, se extendió como un manto de ceniza sobre los techos de la ciudad. El príncipe Zaid Al-Fayed había dejado de respirar. Las máquinas en el ala médica finalmente habían dado el pitido largo y plano de la rendición, y con ello, el Sultanato entero se sumergía de inmediato en un luto oficial de cua