El palacio se había convertido en un sepulcro de mármol donde el aire pesaba como el plomo. Habían pasado tres días desde que encerré a Amira en sus aposentos, tres días desde que mi mano cometió el sacrilegio de golpear su rostro para frenar su locura. Desde entonces, el remordimiento se había instalado en mi pecho como un parásito que me devoraba las entrañas, transformando mi habitual frialdad en un temperamento errático y violento que tenía a toda la corte caminando sobre cristales.
Me enco