cap 21

El palacio se había convertido en un sepulcro de mármol donde el aire pesaba como el plomo. Habían pasado tres días desde que encerré a Amira en sus aposentos, tres días desde que mi mano cometió el sacrilegio de golpear su rostro para frenar su locura. Desde entonces, el remordimiento se había instalado en mi pecho como un parásito que me devoraba las entrañas, transformando mi habitual frialdad en un temperamento errático y violento que tenía a toda la corte caminando sobre cristales.

Me encontraba en mi despacho privado, revisando unos informes del muelle que ni siquiera alcanzaba a comprender, cuando unos golpes apresurados en la puerta de madera tallada rompieron mi concentración.

—Adelante —ordené, mi voz saliendo como un gruñido ronco.

Farah, la jefa de las sirvientas del ala este, una mujer madura que había servido a mi madre y en quien depositaba cierta confianza para las tareas domésticas, cruzó el umbral. Tenía la cabeza baja y sus manos temblaban visiblemente mientras sostenía una bandeja de plata intacta, donde el cordero con especias y el pan plano se habían enfriado por completo.

—Mi señor… lamento interrumpir vuestros deberes —murmuró Farah, su voz temblorosa delatando el pánico que le inspiraba mi sola presencia en estos días—. Pero se trata de la princesa Amira. No ha probado un solo bocado en las últimas setenta y dos horas. He enviado a las mejores cocineras, le he preparado los manjares más suaves de su tierra natal, pero retira la bandeja con desprecio. Ni siquiera ha bebido el agua de azahar que le dejamos para el calor.

Me levanté del sillón de cuero de un solo movimiento, plantándome frente a ella como una torre imponente. La furia y la alarma se mezclaron en mi pecho.

—¿No ha comido nada? —pregunté, mis ojos de obsidiana entornándose con peligro—. Os di una orden clara, Farah. Dijisteis que os encargaríais de que mantuviera sus fuerzas.

—Lo sé, futuro Sultán, y Alá me castigue por fallaros, pero la situación es grave —explicó la sirvienta, dando un paso atrás por el miedo—. La princesa está extremadamente débil. Apenas tiene fuerzas para levantarse de la cama. Las pocas veces que mis muchachas han logrado entrar para limpiar los destrozos de la habitación, la han encontrado pálida como la muerte, tiritando de frío a pesar del sofocante calor de la tarde. Dice que se siente muy mal, que le duele el cuerpo, y esta mañana sufrió un colapso en el baño, quejándose de fuertes náuseas y mareos. Tememos que su cuerpo esté colapsando por la debilidad o por algo peor…

—Retírate —la corté de golpe, sin querer escuchar una sola palabra más.

Farah hizo una rápida reverencia y huyó del despacho como si la estuviera persiguiendo el mismísimo demonio. Me quedé solo en la inmensidad de la sala, con los puños cerrados y la mandíbula tan tensa que los músculos me dolían. *¿Débiles náuseas? ¿Mareos continuos?* Las alarmas que se habían encendido en mi cabeza durante el escándalo de la plaza norte regresaron con el triple de fuerza. Recordé su desvanecimiento en la acera, antes de que el maldito turista la sostuviera en sus brazos. No era solo el calor del desierto, ni las secuelas de los azotes que Layla le había propinado. Había algo más. Algo que me helaba la sangre y me aceleraba el pulso de una forma que odiaba admitir.

Salí de mi despacho a grandes zancadas, dispuesto a cruzar el palacio para entrar a su habitación y obligarla, si era necesario con mis propias manos, a tragar cada maldito bocado de comida. No iba a permitir que se dejara morir de hambre en mis narices, desafiando mi autoridad y el control que yo pretendía tener sobre su vida.

Sin embargo, cuando apenas cruzaba el pasillo intermedio que conectaba el ala de gobierno con el harén real, un alboroto en los pasillos superiores llamó mi atención. Se escucharon gritos de los eunucos, el eco de pasos pesados corriendo sobre las alfombras y el sonido de una alarma interna que solo se activaba en casos de emergencia.

—¡Deténganla! ¡Por orden de la Sultana, no la dejen llegar a las puertas traseras! —gritó la voz de uno de los guardias del harén a la distancia.

Un presentimiento violento me golpeó el estómago. Corrí hacia el pasillo de los arcos de mármol, doblando la esquina con la velocidad de un cazador. Y ahí la vi.

Amira.

Mi Mariposa estaba en medio del pasillo, intentando escapar. Había logrado burlar la seguridad de su habitación aprovechando el descuido de las sirvientas al retirar la comida, o quizás su desesperación había sido más fuerte que los cerrojos. Vestía una túnica ligera de lino blanco, desgarrada en los bordes, que dejaba ver la palidez enfermiza de sus tobillos. Su cabello oscuro caía suelto, enredado y salvaje alrededor de su rostro.

Caminaba apoyándose contra las paredes de azulejos, arrastrando los pies con una torpeza que me partió el alma. Estaba tan débil que cada paso parecía costarle la vida; su cuerpo se balanceaba de un lado a otro y su respiración llegaba a mis oídos como un jadeo asmático y seco. Aun así, en medio de su evidente declive físico, sus ojos conservaban ese brillo de animal acorralado que prefería morir antes que dejarse atrapar de nuevo. Dos guardias del harén avanzaban hacia ella con las manos extendidas, intentando rodearla sin lastimarla, conscientes de mi decreto de protección.

—¡Atrás! —rugió mi voz, un trueno que retumbó en las bóvedas del pasillo y congeló a los guardias en su sitio—. ¡Dejadnos solos! ¡Nadie se mueve de sus puestos si quiere conservar la cabeza!

Los soldados se retiraron de inmediato, desapareciendo por los pasillos laterales con la cabeza baja.

Amira se detuvo en seco al escuchar mi voz. Intentó girarse para huir en la dirección opuesta, hacia las cocinas, pero sus piernas no le respondieron. Se tambaleó, sus ojos se pusieron en blanco por una fracción de segundo debido a un repentino mareo y su cuerpo comenzó a desplomarse hacia el suelo alfombrado.

Avancé con la velocidad del rayo. Antes de que sus rodillas tocaran la lana, mis brazos grandes y poderosos la rodearon por la cintura, atrapándola contra mi pecho. Su cuerpo se sintió terriblemente ligero, casi etéreo, desprovisto de la vitalidad y la carne firme que me había vuelto loco en el bote del canal. Al contacto con mis manos, Amira comenzó a forcejear con una debilidad que me dio ganas de llorar de rabia. Me golpeaba el pecho con sus puños pequeños y pálidos, unos golpes que ni siquiera me hacían cosquillas, pero que desbordaban un odio puro.

—¡Suéltame! ¡Suéltame, monstruo! —gritaba, su voz saliendo como un hilo roto y ronco, desprovista de aire—. ¡Déjame ir! ¡Prefiero que el sol me consuma en medio del desierto antes que pasar un segundo más en este maldito palacio! ¡Suéltame, Cem!

La atrapé con más fuerza, pegando su espalda herida contra mi pecho, cuidando de no presionar las marcas de los azotes pero manteniéndola inmovilizada en mi abrazo de hierro. Su cercanía, el olor a sudor frío mezclado con la fragancia de su piel que se apagaba, y la mención implícita de su debilidad física desataron en mí una tormenta psicológica que ya no pude contener.

El miedo a perderla, el pánico de que su cuerpo se estuviera apagando por mi culpa, y los celos enfermizos que las palabras del consejo habían sembrado en mi mente maduraron de golpe, transformándose en una agresión verbal que intentaba ocultar mi propia vulnerabilidad. La giré con brusquedad en mis brazos, obligándola a mirarme de frente, acorralándola contra una de las pesadas columnas de mármol del pasillo.

Mis manos se apoyaron a ambos lados de su cabeza, atrapándola en mi espacio personal. Mi rostro estaba a milímetros del suyo; podía sentir el calor febril que desprendía su piel y el temblor descontrolado de sus labios. La furia me distorsionó las facciones.

—¡Cállate de una vez, Amira! —le amenacé, mi voz bajando a un susurro sibilante y letal que la hizo estremecerse—. ¡Estás débil, no puedes ni mantenerte en pie y pretendes cruzar las puertas del desierto como si fueras una maldita guerrera! ¿Es que no entiendes el peligro en el que estás? El consejo de ancianos está exigiendo tu cabeza, Layla está buscando la menor excusa para mandarte a azotar hasta la muerte, y tú te dedicas a jugar a la fugitiva en los pasillos.

La miré fijamente a los ojos, mis pupilas dilatadas por una mezcla de posesividad salvaje y terror abstracto. Mis ojos bajaron por un segundo hacia su vientre, oculto bajo el lino blanco, y la sospecha que me venía carcomiendo el cerebro desde hacía días explotó en mis palabras.

—Dime la verdad de una vez —siseé, apretando los dientes con tal fuerza que sentí el crujido en los oídos—. Estos mareos… estas náuseas… el desmayo en la plaza pública y tu negativa a comer. ¿Qué demonios le pasa a tu cuerpo, Amira? Si estás embarazada… si llevas una semilla en ese vientre… más te vale que sea mía. ¡Espero por el bien de tu alma que esa criatura sea del Lobo que te reclamó en Nueva York y bajo las estrellas del canal!

Me incliné más sobre ella, dejando que mi aura de mando la aplastara contra la columna, infundiendo un terror legalista que intentaba enmascarar mis propios demonios internos.

—Porque escúchame bien lo que te voy a decir, latina —continué con una crueldad impostada que me amargó la boca—. Si ese vientre llega a albergar la semilla de mi hermano Zaid… si permitiste que él te tocara antes del atentado, o si el consejo intenta usar tu cuerpo para sus experimentos dinásticos y tú lo aceptas… la muerte misma se quedará pequeña para lo que te haré. Te encerraré en lo más profundo de las tumbas subterráneas, donde la luz del sol será un recuerdo y donde desearás nunca haber nacido. No compartirás tu cuerpo con nadie más que conmigo, ¿te queda claro? ¡Eres mía ante Alá y ante las leyes de mi propia fuerza!

Amira me miró con los ojos abiertos de par en par, su respiración cortándose ante la brutalidad de mi amenaza. La palidez de su rostro se intensificó, y por un segundo pensé que volvería a desmayarse en mis brazos. No había réplica en su boca, solo un silencio herido, una mirada que me acusaba de ser el ser más despreciable sobre la faz de la tierra.

No le di tiempo de responder. Me dolió tanto ver su silencio que no pude sostenerle la mirada. La tomé del brazo con firmeza pero sin ejercer una fuerza que la lastimara, y la arrastré de regreso por el pasillo hacia el ala este. Ella no opuso resistencia física; sus fuerzas se habían agotado por completo en el intento de fuga. Caminaba como una muñeca de trapo, dejándose llevar por mi impulso dominante.

Llegamos a la puerta de sus aposentos. Los dos guardias reales se tensaron al vernos regresar en ese estado. Empujé la puerta, la introduje en la habitación destrozada que aún olía a perfumes rotos, y la solté cerca de la cama.

—No saldrás de aquí hasta que yo lo decida —sentencié, mi tono recuperando la gélida distancia del regente—. Y vas a comer, Amira. Si tengo que venir yo mismo a forzarte a tragar el alimento, lo haré. Pero no vas a morir en mi palacio.

Me di la vuelta y salí de la habitación, cerrando la puerta con un golpe seco que resonó como un disparo en el pasillo.

—Asegurad los cerrojos —les ordené a los guardias con voz hueca—. Si vuelve a salir, vuestras vidas pagarán por su fuga.

Me alejé a grandes zancadas, pero a medida que la distancia entre sus aposentos y mis pasos aumentaba, el peso de mis propias palabras comenzó a aplastarme el pecho. Me detuve en medio del gran patio de los naranjos, apoyando mis manos en la barandilla de mármol, mirando hacia el cielo que comenzaba a teñirse con los colores del crepúsculo.

Mis manos temblaban de una forma que nunca había permitido. Me pasé los dedos por el rostro, soltando un suspiro frustrado que salió de mis pulmones como un lamento oculto.

La amenaza que acababa de lanzarle en el pasillo… las palabras crueles sobre su vientre y la muerte… no las había dicho porque dudara de ella. En lo más profundo de mi ser, sabía perfectamente que Amira no me había traicionado. Recordaba la pureza de su entrega en Nueva York, la timidez y la inocencia con la que había reaccionado a mis primeros toques, y la forma en que se había entregado a mí en el bote, demostrando que su cuerpo y su corazón respondían únicamente al Lobo. Sabía que entre ella y mi hermano Zaid nunca había existido una verdadera unión física antes del accidente.

Lo había hecho por puro miedo. Un miedo cerval, primitivo y asfixiante que nunca antes había experimentado el futuro Sultán del imperio.

Tenía miedo de perder el control de la situación. Tenía miedo de que el consejo de ancianos descubriera que esos mareos y náuseas eran la prueba viviente de nuestro pecado en Nueva York, lo que significaría su ejecución inmediata por adulterio y alta traición. Tenía miedo de los celos enfermizos que me provocaba la sola idea de que la corte intentara casarla legalmente o forzarla a cumplir los deseos dinásticos con el cuerpo de mi hermano. Mis amenazas eran el escudo de un hombre desesperado que veía cómo la mujer que amaba en secreto se marchitaba en sus manos, prisionera de un juego político del que yo mismo era el director.

Me quedé allí, en la inmensidad del patio, sintiéndome el ser más poderoso del reino y, al mismo tiempo, el más impotente, sin saber qué hacer para salvar a mi Mariposa del destino que yo mismo le había impuesto en las sombras.

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