cap 23

El tintineo del cubierto de plata contra la porcelana fina era el único sonido que rompía la pesadez del comedor privado. Servido sobre la mesa de ébano, el cordero asado con arroz almendrado y granadas parecía ceniza en mi boca. No tenía hambre. La muerte de mi hermano Zaid y el decreto absoluto que acababa de imponer ante el consejo de ancianos me tenían la mente fija en el ala este, en esa habitación destrozada donde Amira languidecía en un silencio sepulcral. Cada bocado se sentía como una traición a la urgencia que me quemaba las entrañas, pero como regente, debía mantener las apariencias de normalidad ante la servidumbre.

De repente, la doble puerta de arco se abrió con una violencia que hizo temblar las lámparas de cristal de Murano. No hizo falta que los ujieres anunciaran la llegada.

Layla entró como una tormenta de seda carmesí y oro, con el rostro desencajado por una furia que el maquillaje más costoso del imperio no lograba ocultar. Sus ojos, inyectados en rabia, destellaron con el veneno de una cobra acorralada. Detrás de ella, sus damas de compañía se quedaron en el umbral, temblando, sabiendo que la Sultana venía dispuesta a desatar el mismísimo infierno tras enterarse del decreto oficial del consejo.

Dejé los cubiertos a un lado con una lentitud deliberada, limpiándome las comisuras de los labios con una servilleta de lino antes de levantar la mirada de obsidiana hacia mi esposa.

—Tu presencia sin anuncio interrumpe mi cena, Layla —sentencié, mi voz bajando a un tono gélido e imperioso—. Modera tus modales si no quieres que te ordene retirar a tus aposentos por la fuerza.

—¡¿Qué modales, Cem?! —rugió Layla, dando un paso agresivo hacia la cabecera de la mesa, golpeando la madera con sus manos enjoyadas—. ¡¿Pretendes que guarde la compostura cuando te has burlado de mí y de toda mi estirpe ante el consejo de ancianos?! ¡Acabo de recibir el documento firmado con el sello del Lobo! ¡Has reclamado a esa maldita impura, a la viuda de tu hermano, como tu segunda esposa legítima!

—Es mi derecho como Sultán regente —respondí, sin mover un solo músculo del rostro—. Las leyes del desierto me amparan, y la estabilidad del trono exige una sucesión que tú no has sido capaz de asegurar. La decisión está tomada y el contrato ha sido firmado. Amira es, desde hoy, mi segunda esposa ante Alá.

Layla soltó una risa histérica, un sonido agudo y roto que delató el pánico político que le corroía el pecho. Se irguió cuan larga era, cruzando los brazos sobre su pecho con una soberbia desesperada.

—¡Que sea tu segunda esposa no cambia la realidad de este palacio, Cem! —siseó, entornando los ojos con malicia—. Escúchame bien: yo soy la Gran Sultana. Yo soy la hija del norte, la mujer que unió los ejércitos y las familias que sostienen tu corona. Ella podrá tener un anillo y un contrato por la gracia de tu capricho, pero yo seguiré siendo la primera esposa. Mi estatus, mis privilegios y mi lugar a tu derecha en el trono del estado no se moverán un solo centímetro por la llegada de esa extranjera. Ella morderá el polvo detrás de mi velo.

—Tu lugar como primera esposa se mantiene por respeto a tu linaje, Layla, no porque tus amenazas me intimiden —repliqué, apoyando los codos en la mesa, entrelazando mis dedos largos y mirándola con fijeza—. Pero no olvides que la corona castiga la soberbia. No tientes a tu suerte.

Layla sonrió con una amargura fría, una mueca calculadora que me hizo tensar los hombros. Dio una lenta vuelta alrededor de mi silla, dejando que el aroma de su perfume a sándalo pesado inundara mi espacio.

—Bien. Si el heredero y la ley te importan tanto, entonces juguemos bajo tus amadas reglas, mi señor —dijo, deteniéndose a mi espalda, inclinándose lo suficiente para que su aliento rozara mi oído—. Si Amira Al-Fayed va a ser la segunda esposa real, entonces exijo que se cumpla la ley sagrada hasta el último detalle. Exijo la prueba de la noche de bodas para la nueva princesa.

Me puse de pie de golpe, apartando la pesada silla de ébano con un estruendo que resonó en todo el comedor. Mi altura la obligó a retroceder, pero sus ojos no flaquearon.

—No habrá ninguna prueba, Layla —sentencié, mi voz saliendo como un rugido contenido, la posesividad salvaje encendiéndose en mis venas ante la sola mención de que alguien tocara o evaluara el cuerpo de Amira—. El matrimonio se ha consumado bajo el derecho de protección. No voy a permitir que los médicos ni tus sirvientas expongan a la princesa a un escrutinio humillante.

—¡¿Por qué te niegas, Cem?! —desafió Layla, alzando la voz con audacia—. ¿Acaso tienes miedo de lo que esa prueba pueda revelar? Todo el harén y los pasillos de la corte murmuran la verdad. Los ancianos hablan en las sombras. Hay rumores muy fuertes que aseguran que esa latina no era virgen cuando pisó este palacio, que entregó su honra en Occidente antes de que el contrato de tu padre la trajera aquí. Exijo la sábana blanca con la mancha de honor tras vuestra primera noche oficial. Es la única manera de acabar con los rumores de que es una libertina y de demostrarle al consejo que no has metido a una mujer usada en el lecho real. Si se niega a la prueba, el palacio entero sabrá que es una ramera.

Un fuego asesino me recorrió la columna. La acusación de Layla, aunque falsa, buscaba sembrar la duda pública para destruir la legitimidad de Amira y obligarme a repudiarla. Yo sabía la verdad; recordaba la timidez, la inocencia y la pureza con la que Amira se había entregado a mí en Nueva York y bajo las estrellas del canal, demostrando que su cuerpo me pertenecía únicamente a mí. Pero no podía confesar eso sin revelar que yo había sido el hombre que profanó el contrato de mi hermano antes de la boda.

—Los rumores de las sirvientas no dictan las leyes de mi cama —siseé, apretando los puños bajo la túnica de gala—. Mi palabra es la única prueba que este palacio necesita. Amira es mi esposa, y nadie pondrá un pie en sus aposentos para exigir sábanas ni exámenes. He dicho que no.

Layla dio un paso atrás, pero en lugar de amedrentarse, su rostro adoptó una expresión de triunfo legalista que me hizo prever el golpe. Sabía que se guardaba la carta constitucional más peligrosa del Islam.

—Está bien, deniega la prueba si tanto quieres ocultar su pasado —soltó Layla con voz clara, segura de su posición—. Pero de lo que no podrás librarte, futuro Sultán, es de la ley de nuestro profeta. Si la has tomado como segunda esposa legítima bajo el amparo de la Sharía, estás obligado a tratar a todas tus esposas con absoluta justicia y equidad. La ley divina no es un capricho que puedas moldear a tu antojo.

Dio un paso hacia el centro del comedor, mirándome con una fijeza implacable.

—Por lo tanto —continuó Layla, su voz resonando con el peso de los textos sagrados—, exijo que las noches de tu lecho sean distribuidas en partes iguales a partir de esta misma semana. Una noche para la primera esposa, una noche para la segunda. Ni una hora más, ni un favor menos para la extranjera. La Sharía te obliga a la igualdad absoluta en el sustento, en los regalos, en el tiempo y en los placeres de la carne. Si pasas una sola noche de más en los aposentos de la latina, acudiré ante el gran muftí y el consejo de ancianos para denunciar tu injusticia. Te acusaré de violar la ley sagrada, y tu derecho al trono se tambaleará por los reclamos de las familias del norte. ¿Vas a desafiar la ley de Alá por el cuerpo de esa mujer, Cem?

Apreté la mandíbula con tanta fuerza que sentí un crujido agudo en la línea de la oreja. Layla me había acorralado en mi propio tablero. El principio de la ’Adlah (justicia e igualdad entre esposas) era un pilar inquebrantable de la ley islámica que regulaba la poligamia. Si un esposo mostraba favoritismo evidente o pasaba más tiempo en la cama de una que de otra sin el consentimiento explícito de la primera, cometía un pecado grave y una infracción legal que el consejo de ancianos usaría para debilitar mi regencia. Tener que compartir mis noches con Layla, tener que simular pasión en sus brazos mientras mi mente y mi cuerpo exigían únicamente el calor y el aroma a rosas de mi Mariposa, era una tortura psicológica que mi posesividad animal rechazaba de pleno. Pero la ley era la ley, y para mantener a Amira con vida bajo mi techo, tenía que someterme al protocolo exterior.

—Cumpliré con los preceptos de la ley, Layla —respondí, mi voz saliendo en un tono tan bajo y gélido que pareció congelar el comedor—. Las noches se distribuirán como dicta la Sharía. La equidad se respetará ante los ojos del palacio. No tendrás ninguna excusa para acudir ante el muftí.

—Me alegra escuchar que la razón aún gobierna tu cabeza, mi señor —dijo Layla, su sonrisa cargada de un veneno insoportable—. Pero hay un detalle más. Como primera esposa y Gran Sultana, es mi derecho y mi deber dinástico supervisar la preparación de la nueva novia para su primera noche de bodas oficial bajo tu nombre.

Me tensé de inmediato, dando un paso imperceptible hacia adelante.

—¿De qué estás hablando? —pregunté, mis ojos entornándose con peligro.

—Es la tradición del harén, Cem —explicó Layla con una suavidad teatral que me encendió todas las alarmas—. Las bodas reales exigen que la primera esposa prepare a la segunda. Pido solemnemente que se me permita enviarle a mis sirvientas, junto con los aceites de unción, los perfumes de bodas y los ropajes transparentes de seda que dicta el protocolo. Yo misma iré a sus aposentos para asegurarme de que la latina sea bañada, enjoyada y vestida de acuerdo a nuestro rango antes de que entre a tu cama esta noche. No puedes negarme este derecho tradicional ante el harén; delatarías que tienes miedo de que me acerque a ella. Déjame prepararla para tu deleite, mi señor. Prometo ser… muy minuciosa.

Miré a Layla fijamente, intentando descifrar la trampa detrás de sus palabras. Sabía perfectamente que su deseo de "preparar" a Amira no nacía de la benevolencia, sino del deseo morboso de verla humillada, de refregarle en el rostro su posición de inferioridad como segunda esposa y, posiblemente, de tocar las heridas de sus azotes para recordarle quién mandaba en este palacio. Pero negar este derecho tradicional frente a la servidumbre y el harén, después de haber aceptado la distribución de las noches, levantaría sospechas inmediatas de mi debilidad desmedida por la latina.

Tenía que permitirlo, pero bajo mis estrictas condiciones de seguridad.

—Está bien —sentencié, mi voz definitiva cerrando la discusión—. Puedes enviar los ropajes y supervisar la preparación según dicta la tradición del harén. Pero escucha bien lo que te voy a decir, Layla: si Amira sufre un solo rasguño durante ese proceso, si tus sirvientas o tú os atrevéis a tocar su piel con violencia o a agravar las heridas que ya tiene en su espalda, no me importará el pacto con las familias del norte ni la ley de la Sharía. Te cortaré las manos con mi propia daga y te desterraré al desierto sin una sola gota de agua. Ella es mi segunda esposa, y su cuerpo está bajo el decreto de protección del Lobo. No lo olvides.

Layla palideció sutilmente ante la brutalidad de mi amenaza, pero mantuvo la cabeza alta. Hizo una reverencia lenta, llena de una ironía gélida, y se dio la vuelta, saliendo del comedor con el restallar de sus sedas carmesí, dejándome a solas con los restos de una cena que ya se había convertido en veneno.

Me quedé estático, mirando las puertas cerradas, sintiendo que las cadenas del palacio se cerraban con más fuerza alrededor de mi cuello y del cuerpo de mi hermosa Mariposa latina. La noche de bodas oficial estaba pactada, el harén estaba en movimiento, y yo tendría que entrar a esa habitación no solo como el amante secreto que la hacía gemir en las sombras, sino como el esposo legal que la ataba para siempre al infierno de mi corona.

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