El tintineo del cubierto de plata contra la porcelana fina era el único sonido que rompía la pesadez del comedor privado. Servido sobre la mesa de ébano, el cordero asado con arroz almendrado y granadas parecía ceniza en mi boca. No tenía hambre. La muerte de mi hermano Zaid y el decreto absoluto que acababa de imponer ante el consejo de ancianos me tenían la mente fija en el ala este, en esa habitación destrozada donde Amira languidecía en un silencio sepulcral. Cada bocado se sentía como una