Dora esperaba en el vestíbulo de entrada como un centinela, agua tibia humeando en una palangana y paños limpios doblados sobre el brazo. Alguien había llamado con anticipación. Le echó un solo vistazo al rostro magullado e hinchado de Claira e hizo un sonido cortante y reprobador que atravesó la habitación, dirigido a nadie en particular pero cargado de un juicio largamente sufrido.
Soren se detuvo al pie de la gran escalera, los nudillos ensangrentados todavía en carne viva.
—También los pies