Claira apoyó la espalda contra la puerta cerrada del dormitorio y se quedó así un largo momento, dejando que el silencio se asentara. La blusa de seda se le pegaba incómodamente a la piel. Cruzó el cuarto, se arrodilló junto a la cama y entrelazó las manos como lo había hecho miles de veces antes.Las palabras llegaron solas, firmes y familiares.— Dios te salve, María, llena eres de gracia, el Señor es contigo…Las pronunció despacio, cada frase deliberada. Sus dedos encontraron la pequeña cruz de plata bajo la tela y la sostuvieron con suavidad. El collar siempre había estado ahí cuando el mundo se sentía demasiado pesado. No recordaba bien su origen, solo que tocarlo la ayudaba a respirar cuando los pensamientos se ponían difíciles.— Bendita tú eres entre todas las mujeres…Cuando terminó el rosario, se quedó de rodillas un momento más, los ojos cerrados, escuchando la casa a su alrededor. Luego se levantó.Había prestado atención. El corredor del este se quedaba en silencio despu
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